Seguidores

martes, 17 de agosto de 2010

CALMA DE VERANO

Es verano y hace algunos día hablamos de la calma que disfrutan las ciudades en las que, empujados por la corriente de la vida, habitamos. O ves a saber igual son ellas, las ciudades, las que habitan en nosotros. Pero el caso es que no sólo las ciudades están en calma. Nosotros, aún trabajando algunos, también estamos en cierta calma en cierta situación de espera, como en stand by.

Y aunque no dejes la ciudad, y te quedes en la oficina, en el bar, en el banco o en la zapatería que curres es un momento delicioso, el verano, para encontrar algo de calma algo de paz. Esa paz que parece traernos el Sol con sus insolentes rayos, con su incesante calor.

Salir de casa, aún a un lugar cercano, pero distinto al que hoyamos cada día con nuestros pies, para allí dejarnos ser, dejarnos estar. Aprovechando para hablar de los silencios. Para restar importancia a los planes que trazamos y que no concluimos. Sentarnos cerca del mar, o bajo un sauce llorón (de esos que lloran por ti y por mi) y disfrutar de la calma y el sosiego que parece que envuelve en celofán verde todo durante estas semanas estivales. Aprovechar la serenidad para rebuscar viejos recuerdos y vivencias en tu mente y descubrir que hace mucho que no odias a las mujeres que te dejaron, ni a las que dejaste, muy por el contrario las rememoras bajo el sauce llorón con una sonrisa.

Redescubrir algunas sensaciones tuyas que hace tiempo pensabas perdidas en algún cajón o en la salón olvidado de alguien. Volver a creer en ti y en los cuentos que te contaron de crio. Ir a las veredas que corriste de niño en esos veranos de infancia nunca olvidados. Buscar al final de los dedos los juegos que tuviste con tus amigos esos que, desgraciadamente ahora no tienes tiempo de ver, ni de abrazar, ni de escuchar…. Pero que de tanto en tanto te llaman, los llamas y te abrazas como ayer, como hace demasiados meses.

Dejar de ser hormiga (que haciendo honor a la verdad nunca lo fui) pero al menos no sentirte mal por ser Cigarra, embebida en ti, y disfrutando de estar vivo. Saber que el verano es eterno, eterno mientras dura…. Y que parece que ya llega a su fin.

Disfrutar porque aún estas a mi lado. Respirar profundo ese vientecillo de tranquilidad que trae el Mistral y el Cierzo junto a pequeñas y finas hojas mucho tiempo atrás caídas. Encontrar junto a ese viento tu mano en la mía, tus sueños junto a los míos buscando una nueva guía hacia el futuro. Hacia esos futuros que se forjan de promesas cumplidas. Esperar por esperar, dejando pasar el tiempo con la esperanza, aunque sabes que no será así, de que sea ese viento del Cierzo el que traiga respuestas, el que impulse el velero de tus deseos, mientras la paz se pierde en rizos dejando huellas de nuestro presente en camino del rio, del lago o de la arena de playa en la que descansamos de un año de lucha, de viajes, de trabajo, de desventuras y aventuras.

Es tiempo de soñar despiertos junto al cadencioso pasar del agua del riachuelo, bajo la atenta mirada de los robles y sus hojas madurando para caer dentro de unas semanas, como caerán nuestros sueños despertados.

martes, 10 de agosto de 2010

TORMENTAS DE VERANO

Siempre me gustó la lluvia y mojarme con y en ella, especialmente esas tormentas de las noches estivales. Esas que caen como un fuerte chaparrón que pretende limpiar y arrastrar todos los males que nos acechan, esas que intentan arramblar con los malos augurios que aniquilan nuestros buenos sentimientos como gusanos sin alma. Agua bendecida del cielo que se vuelca desde nubes densas que tapan las lunas llenas de agosto.

Esa lluvia que atraviesa las oscuridades del desaliento, que humedece y congela dejando suspendido en el aire entre el mar y el cielo nuestros mejores sueños.

Sobretodo me complacen esas tormentas que se entrometen, con o sin invitación, en los paseos que damos con los pies descalzos de abarcas y prejuicios por la arena de playa (si justo esa arena que en mayo del 68 nuestros padres esperaban, inútilmente, encontrar bajo los adoquines)

Pocas sensaciones existen más placenteras y sensuales que las gotas de lluvia empapando mi cara, mojando tu pelo convirtiendo nuestra respiración húmeda en un nuevo prisma con el que mirar el, siempre incierto, futuro.

El agua dulce de nubes, que celosa, moja y baila entre nuestra manos y mis dedos engarzados en los tuyos como queriendo formar parte de esa comunión de manos que se quieren, como bailando entre los pliegues de mis dedos y el filo de tus pintadas uñas.

Me gustan esos aguaceros que obligan a muchos a resguardarse, como si tuvieran miedo de encoger con el agua, cobardes que se cobijan en las normas y en techos y en cristales mientras nosotros notamos como la arena caliente y mullida de playa se enfría y endurece a nuestros pasos de pies descalzos con la fría lluvia que llueve.

Cuando el mar ruge en un inútil combate contra la tromba, contra el trueno y el rayo. Y me miras tras la cortina de dulces gotas, y te acaricio el pelo empapado mientras tu lengua se siente pobre al beber sólo de mis labios y decide notar el sabor de mi piel mojada de mi cuello y su cabello erizado por el calor de tus, aparentemente, tímidos labios y frescor del agua del cielo.

Es apasionante caernos sobre el mar dejándonos acariciar por sus saladas aguas casi embravecidas, y por las dulces gotas que esparce el cielo bajo la atenta mirada de la tapada oscuridad de la noche sin estrellas y, sin embargo, brillante de relámpagos.

Cuando los rayos y truenos nos hacen olvidar que somos un hombre y una mujer y nos convierte en, tan sólo, dos animales con paz y sin descanso. Desatados de prejuicios y atados a un cuerpo. Es en ese momento en el que bajo desde el cielo del paladar de tu boca hasta notar y saborear la humedad, que por diversos motivos, experimentas a una cuarta de tu ombligo. Mientras mi lengua a encontrado mejor refugio para nadar, el mar descansa tras su intenso viaje, y acaba acariciándote con su salitre de mediterráneo en tus piernas, tus nalgas y el poco de tu espalda que no está arqueada sobre ella misma creando un puente entre tu pelo empapado de agua arena y deseos y mi hogar donde la espalda ya no tiene ese nombre.

El cielo centellea luz de relámpagos llenando tu cara de gotas de gozo y satisfacción, tus dientes muerden tus labios, tus manos aprietan y arañan mi espalda. Entro en ti.

Me gusta ese diluvio en tu interior, cuando subo y entro en ese lugar que el mar envidia. La explosión del vendaval de nuestras cinturas justo en el momento en que te beso y pruebo el licor, que sin duda, es la envidia de aquellos que tan sólo han bebido hidromiel y ambrosía, desconocedores que el más sublime sabor que dioses u hombres puedan notar en sus labios es el que se hace en la coctelera de tu boca, mezclando el sabor que te di al subir del sur de tu ombligo mezclado con nuestras salivas con cuatro gotas de cielo y una pizca de sal de mar.

Me gusta cuando somos lluvia.

Me gusta cuando empiezan a remitir las nubes y a alejarse el aguacero de agosto, mientras el mar calmándose nos recuerda que la mejor defensa contra la muerte es la pasión. Justo esa pasión con la que me miras formando esa sonrisa de luna creciente en playa desierta.

lunes, 2 de agosto de 2010

DIAS DE VERANO.

Una vez más como cada año, esos dioses bien parecidos de sombreros de ala ancha engalanados de plumas de garza y de águila, con túnicas azules y coronas de concha, vienen a robarnos la monotonía y la normalidad de la vida diaria. El Verano está aquí con todas sus cosas buenas y todas las malas. Y que curioso, a pesar de la certeza de que el estío llega siempre, nos sorprende con la ilusión con que nos sorprende el chisporrotear de las hogueras de San Juan que mil veces hemos visto arder, nos deja un punto anonadados del mismo modo que nos dejan sorprendidos las olas y sus gotas al golpear contra las rocas.
La ciudad, al menos mi ciudad, ambigua dama siempre coqueteando entre el monte y el mar, queda medio vacía. El trajín cotidiano y diario del laboro nuestro de cada día queda agazapado y dormido, como un gigante dragón adormecido bajo el calor del asfalto. Ese asfalto que hace unas semanas pisoteaban raudos ejecutivos con prisas, carpinteros con pesadas cajas de herramientas que les ataban a sus vidas, azafatas de congresos minifalderas y atrevidas, mensajeros atareados sobre sus motos destrozadas, abatidos jubilados en busca de obras que criticar, y que hoy son pisadas por adolescentes venidos del norte en busca de un vino que no entienden, por familias de japoneses de ojos rasgados fotografiando cada milímetro de la casa batlló. (preguntándose, además, si esos maravillosos balcones, no son acaso, los ojos del dragón dormido bajo la ciudad que sueña bajo el sol)
Todo se paraliza un poco. Las oficinas, los juzgados, los mecánicos que hicieron su agosto en julio también han cerrado, los emuladores de tiburones de las ventas parecen desafilar sus desagradables dientes, las tiendas de libros siguen vacías, comercios y fabricas ralentizan su runrún. Es casi como si las preguntas quedaran en suspenso, en ese leve suspenso en el que los trapecistas quedan cuando sueltan las manos de su compañero y dan una voltereta en el aire antes de agarrar el balancín del que saltaron. Casi parece que fuéramos a extrañar el frio sobre la garganta. Las dudas esperan menos calor para volver a pellizcarnos bajo la dermis, el Sol intenta poner algo oscuras pieles que nacieron bastante blancas y que quizás, sólo quizás, consigan algo de color, pero al menos las dudas allí quedan agazapadas al calorcillo de San Lorenzo y esperando otro momento para seguir incordiando.

Penélope deja de tejer y se plantea si vale la pena esperar a Nadie.
La ciudad, bajo el titilar del astro rey, tiene un sabor a irrealidad, a siesta de verano que aletarga la existencia diaria. La urbe se asemeja a un decorado preparado y esperando a que la monotonía vuelva a despertarse en nuestros maletines, a que empiece la función, a que la vida continúe.
Mientras la vida continua, del mejor modo que puede continuar: Encontrando estrellas en el cielo despejado, perdiendo pesadillas, buscando sueños, dándonos un descanso, dándonos un respiro de aire de mar Mediterráneo, trayendo un aroma a descanso del guerrero, un vientecillo de libertad que despeina nuestras canas y se engarza en los rizos.
Chicas/os disfrutar del verano, gocemos de esta tregua.

lunes, 26 de julio de 2010

PELLIZCOS EN EL ALMA.

Creo que, por fortuna, ninguno de los niños que aparecen en estas imágenes son de los que sufren las ignominias de mi entrada anterior. Creo/se que, por desgracia, ninguno de los niños que aparecen en estas imágenes, tienen un futuro muy prometedor.
Espero en mi próximo escrito ser algo más amable y halagüeño, pero chicos/as a pesar de este sofocante calor del mediterráneo hoy me he despertado con ganas de dar unos pellizquitos en el alma. Así que aquí van estas fotos.

















miércoles, 21 de julio de 2010

LADRONES DE INOCENCIA.

Todos/as las que seguís estas palabras, que preferiría susurrar al viento pero que acabo golpeando en un teclado, que me gusta la fotografía. Uno de mis fotógrafos preferidos de esos en los que me gusta mirarme, y mirar sus fotos a pesar de la aplastante certeza de que la mejor de mis fotografías jamás estará a la altura de la peor de las suyas, a los que les tienes sana envidia (suponiendo que pueda serlo) es Gervasio Sánchez. Un fotoperiodista que ha retratado la ignominia del ser humano en casi todos los rincones de este maldito, maltrecho e injusto planeta.

Este mes se inaugura en Santander una exposición suya sobre el conflicto en Sierra Leona. Si, ese lugar de África que parece no existir en el mapa. Sumido, a pesar de los muchos intentos de paz, en una guerra civil perenne que se niega a acabar desde hace tanto, tanto tiempo que parece que, efectivamente, nunca vaya a acabar. Ese lugar del que vienen los diamantes…. Sniff snifff.

Es una exposición que se realiza para apoyar y ayudar al “proyecto caballero”, nacido del trabajo del misionero Javeriano Chema Caballero. Y con el objetivo de intentar rescatar a estos Ángeles tatuados, a esos pequeños muertos en vida. Rehabilitar a esos niños soldado. Lo cierto es que me gustaría, y mucho, ver la exposición. Desgraciadamente no podré ir a verla, circunstancias personales que no vienen a cuento, me lo impiden…

Yo admito que no puedo abstraerme de esas desagradables desgracias que van pasando, que vamos haciendo que pasen por el mundo. Si bien nuestro mundo está más cerca de Marte que de esos lugares y es muy cómodo. Alejado de esos países, de esa oscura suciedad que se lava con el refulgente brillo de diamantes lucidos en nuestras fiestas.

Pienso en esos niños y niñas. Vacíos. Vacíos de todo, de toda esperanza. Acostumbrados/as a vivir atrocidades, que no me apetece golpear en el teclado ni tan sólo escupirlas al aire. Barbaridades que nosotros somos incapaces de concebir ni tan siquiera en nuestras peores pesadillas. Como llenar esos huecos de pozos sin fondo y sin deseos que quedan en el alma de los niños soldados, de las niñas putas para dar descanso a guerreros que jamás debieron de serlo?

Saber que, probablemente, no podamos hacer nada no aparta el picor que queda en la piel tras la certeza de que la trayectoria de una bala será la que marque el camino de los destinos de muchos niños y niñas (y adultos). A los que les han robado el juego y les han engañado a los cromos, cambiándoselos por bombas colgadas a sus pequeñas cinturas.

Niños/as en los que su mayor aprendizaje es buscar escondites para evitar los proyectiles escupidos por quien debería de ser su compañero de juegos, en un paraíso en el que los milagros son sólo el llanto de un eterno anochecer siempre con luna nueva, siempre con nubes grises, siempre sin estrellas llenos de heridas del cuerpo, del alma, del espíritu. Heridas que jamás podrán sanar, que a duras penas podrán cicatrizar.

Niños/as sin mas compañeros de viaje que un Kalasnikof y el enorme silencio en el talud yermo de sus perdidas almas sin alma. Quizás no les quede ni la esperanza. Tan sólo un pequeño pellizco de fe, de fe en ti, en mi, en un mundo que no conocen. Nudos gordianos de dolor que deberíamos de intentar deshacer, cada uno desde donde esté, cada uno desde donde pueda, como pueda.

Cuando a Gervasio Sánchez de dieron, por sus fotografías, el premio Ortega y Gasset hace un par o tres de años, dijo en su discurso de puntos sobre ies algo así como “ Les aseguro que no hay nada más bello en el mundo que ver a una víctima de la guerra perseguir la felicidad” Y creo que eso debemos de hacer; perseguir la felicidad, la nuestra, la de todos. No sé, llamarme iluso o soñador, o que desde este lugar con aire acondicionado y calefacción es muy fácil ponerse una capa de solidaridad o de hipocresía pero, y hoy que está tan en boga hablar de economía, me gustaría recordar algo que dijo Martin Luther King “me niego a creer que el banco de la justicia está en quiebra” Yo creo, personalmente, que está en quiebra, desahuciado y en banca rota, pero y si no lo está? Y si invertimos en ese banco? Y si lo reflotamos?

sábado, 17 de julio de 2010

CONTINUA ERASE UNA VEZ.

(Lo cierto es que no tenia intención de dar continuidad a este cuento, pero vistas las expectativas, vamos a ver que le pasa a nuestra princesa guerrera, aquí va la
continuación. Espero que guste
)

Al día siguiente….
Nuestra princesa guerrera se despertó con miedo. Soñó, más bien tuvo pesadillas, con el Ogro malvado que hasta parecía seguirle en el reino del hijo de Hipnos y Nix.
Y al siguiente llovió e hizo frío. Ese frío que cala los huesos de la espalda y se enreda en los nervios y las costillas que cubren el corazón.
Y al siguiente volvieron ha decirle “ya le llamaremos”.
Y el próximo, nuestra princesa pensó en tirar la toalla, en dejar de luchar. Lo había probado casi todo. De nada servia sacar brillo a sus mejores armas amarradas a la cintura, de nada servia intentar una y otra vez mostrar sus curriculums en mil y un lugares. El monstruo de la crisis hacía que tan sólo hubiera una frase: “Ya le llamaremos”. El Ogro monstruoso, y su recuerdo, hacía que el miedo no marchase de sus bolsillos.

Y así fueron pasando, lentos y tristes los días, fríos y descorazonadores. Llovía en el interior del Reino de nuestra princesa guerrera.

Alguna vez le parecía ver al Ogro que antaño tanto le había humillado, ofendido, agredido y pegado. En esos días se agazapaba en el regazo de madre, la que siempre le ayudó, la que pagaba las enseñanzas de los gemelos, la que ofrecía comida y cobijo.

Las Lágrimas de la princesa guerrera, empezaban a ser perennes e infinitas. Tan sólo las sonrisas de los gemelos, similares a las cintas de seda arrojadas al viento por bailarinas de danza rítmica, daban algo de calor a su frío corazón. Al ver las sonrisas y recibir los abrazos de las dos pequeñas promesas, tirándola al suelo, jugando con sus pestañas, como si fuese agua de la fuente de Hipocrene la fuerza volvía a su cuerpo y a su alma y la esperanza seguía manando eternamente.

Y hubieron muchos días siguientes.
Uno de esos días consiguió otra cita. Otra posibilidad de encontrar un buen trabajo. Volvió a amarrase su curriculum a la cintura, volvió a abrazar a los pequeños en casa de madre, donde se quedarían toda la tarde y donde dormirían ese día.

La cita era a las seis de la tarde. Entró a un gélido y aséptico despacho, parapetado tras una mesa blanca encontró a un hombre, de esos que toman decisiones. Hierático, pelo engominado, gafas de pasta gris y finos cristales, escondido tras una corbata tan gris como el desconsuelo, y unos ojos azul acero frio. Casi una hora después, recibió un “ya le llamaremos”

La Princesa guerrera, salio de aquella oficina sin certezas, ni fe, sin trabajo ni futuro. Entró a un bar y pidió un whisky. Empezó a recordar sus desgracias, la dificultad de seguir adelante. La imposibilidad de seguir adelante. Cuando pidió el segundo whisky, el camarero de aquel bar de luces tenues y jazz le dijo;
- Ya está pagado, lo pagó aquel señor.
Señaló al hombre que le había entrevistado hacia casi una hora. Pero en ese bar, con ese jazz, con esa luz, sin estar parapetado tras la mesa blanca, con el pelo sin engominar, sin el escondite de la corbata y dos botones de su camisa blanca desabrochada no parecía tan distante ni hermético. Sus ojos, vistos más de cerca no eran azul frio acero, sin las gafas eran azul mar.

Le agradeció la copa, él se sentó junto a ella. Comenzaron a hablar, y las horas fueren pasando cadenciosas y suaves.

Ella le mostró sus heridas, con la verdad de quien muestra magulladuras a un desconocido que te ofrece algo de calor a alguien que sabe, -o que cree - que no volverá a ver jamás. El, más tímido, le enseño alguna de sus cicatrices. Le pidió que comprendiera la frialdad de la entrevista de trabajo.

El tiempo parecía pasar volando con la rapidez de las rapaces al cazar. Se despidieron con la incertidumbre de las primeras despedidas. Educados se dieron un apretón de manos y dos besos en la mejilla. Esos dos besos y ese apretón de manos a nuestra princesa guerrera le trajo un olor a canela y a miel un aroma a principio. No sabía muy bien porqué, pero tras el frío que dejo el camino de sus lágrimas y esas manos fuertes de hombre estrechadas le inundó el perfume del comienzo.

Fue andando a casa y se permitió soñar, despejó su mente y mientras andaba dibujó castillos en el aire, imaginó que quizás, las cosas cambiarían. Que tal vez el mundo seguiría girando al pairo y sin ciertos destinos, pero que ella encontraría la senda del camino de su tesoro. Ves a saber.

Y al día siguiente, le despertó un sol sin frío, y una llamada telefónica de una voz recién conocida que por fin dio verdad al “ya le llamaremos”.

Lo primero que sintió al pisar la calle, es que ya no hacia frío, que el día ya no era gris. Que en sus bolsillos habian muy pocas monedas y que no habia miedo a ningún ogro. Lo primero que vio, en su segundo paso fuerte y seguro hacia la oficina en la que ayer la entrevistaron, fue un grupo de perdices que salio volando hacia el futuro.

martes, 13 de julio de 2010

ERASE UNA VEZ

Erase una vez, hace muy muy pocos años, quizás ayer, quizás hoy mismo. En un reino muy muy cercano, quien sabe puede ser en este mismo valle, cerca de este mar, o incluso en tu aldea. Vivía una joven princesa. Ella era guapa, valiente y madre de dos pequeños príncipes que nacieron el mismo día porque así lo quiso el cielo y así lo deseo el destino.

No conocía a dragones, ni a los lestrigones de Kaváfis (quizás es que nunca miro realmente a su interior) es posible que se los hubiera encontrado cuando era más joven, pero de eso hacia ya algún tiempo. Se casó con un apuesto príncipe y a pesar de tener que sortear cada día los peligros que acechaban por las calles del reino vivían felices y en paz. Ambos conseguían las viandas y víveres necesarios para criar fuertes y sanos a sus retoños.

Un malogrado día su príncipe, antaño de manos fuertes y protectoras, de mirada dulce y enamorada, de carácter noble y encantador, se convirtió en un horrible ogro. Malvado, cruel y violento. Cada puesta de sol, cada salida de Luna llena o menguante, el ogro volvía a casa armado con su odio, con su rabia, con su olor a pócimas malolientes a el polvo con el que le cautivaba la dama blanca. Con el sentido y el sentimiento perdido pegaba a la princesa, incluso en ocasiones la violaba.

La princesa lloraba lagrimas de azufre, de dolor contenido e incontinente, con rabia, pero tenia una misión, muy importante. Tenia que salvar a sus jóvenes y prometedores príncipes, eran sólo unos niños. No debían de enterarse de nada. Poco a poco fue tejiendo una pequeña red de engaños, escondites del alma y de moratones del cuerpo para que nadie se diera cuenta de su dolor y sufrimiento.

Pero un día el Ogro malvado, fue muy lejos, y descargo su furia asesina y animal sobre los pequeños. La princesa no pudo más y fuerte como sólo son las hembras, se armó de valor, tomo a sus pequeños en brazos, una pequeña bolsa en la que introdujo raudamente lo imprescindible y huyó veloz escalera abajo, esquivando la bilis soltada por el Ogro malvado.

Luchó y luchó para conseguir que los pequeños gemelos tuvieran todo lo que necesitaban, pero no era fácil. La vida en ese reino era muy difícil. Era casi imposible recordar donde se escondieron los tesoros de la vida. El camino estaba lleno de obstáculos. No se rindió, encontró un nuevo hogar, y aunque el Ogro la buscaba ella conseguía esquivarlo. Se convirtió en una princesa guerrera.

Cada amanecer, con cada salida de sol y tras presentar la mejor de sus sonrisas a los dos pequeños y dejarlos al cuidado de la abuela -su propia madre, la que la cuido y advirtió sobre los ogros con capas y ropajes de príncipes encantados- se vestía su mejor armadura, la más elegante, y amarraba a su cintura su mejor arma, -un curriculum brillante forjado en el extranjero con el acero de horas y horas de sueño por dormir de lecciones aprendidas en universidades de países lejanos- y recorría su ciudad presentando sus credenciales ante tiránicos señores, escondidos tras mesas de madera y metal, tras pantallas y teclados, que miraban de arriba abajo su indumentaria y sus dotes y preparación, le disparaban el peor de los dardos envenenados de nuestro tiempo.
- Hay crisis, ya le llamaremos.
La lucha era dura, no se rendiría. Era una princesa guerrera, y su abuela no se rindió cuando tuvo que dejar su aldea, tras una guerra entre hermanos, para iniciar una nueva vida, y su madre no se rindió cuando tuvieron que luchar contra el reyezuelo que gano esa guerra que tomó el poder por la fuerza de las espadas. Ella tampoco se rendiría, ni los Ogros, ni los monstruos de la crisis podrían con ella.

Derrotada, al atardecer volvió a casa de Reina madre, que cansada jugaba con las dos pequeñas promesas. Volvió agotada, pero no rendida. Saludó a su madre, trago bilis y hiel, y sobretodo se trago su orgullo, abrió el cajón mágico que hay en la despensa de madre, tomo las viandas que precisaba para los pequeños, prometiéndose a si misma que devolvería todo aquello, volvió a casa, alimentó a los pequeños, los lavó con agua de manantial y lagrimas de esperanza, y mientras ellos dormían….. Ella soñaba.

Al día siguiente…..