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miércoles, 10 de septiembre de 2014

¿PARA TODO PASA EL TIEMPO?


El Tiempo pasa,  y pasa siempre. Un día y otro y otro más. Y en ocasiones,  sin días especiales, o en días señalados. ¿Qué más da? Duele, con el recuerdo,  el alma un poco más de la cuenta, como duelen los viejos huesos rotos cuando se avecina tormenta.  

Aunque el tiempo pase, y pase siempre, da la sensación que algunos días siempre marque la aguja gorda del reloj, recién las nueve, la más pequeña y finita tan sólo el minuto 64, parada insultante ofensivamente, que esa tan finita de otro color, se detenga para siempre justo cuando acaba de llegar al 5 sin llegar al 6 ni al 7.

En fin, que el tiempo pasa, y algunas cosas parecen no pasar, parecen quedar perennemente en algún lugar de la memoria como queda el olor del buen jazmín cuando ya se han marchado todos los olores de la noche.

 Algunas lastimas duelen siempre por dentro por lindo que sea el envoltorio que esconde ese dolor, por lejano que pueda parecer el averno que inunda de pesadumbre los momentos en que solo y atribulado pides un vino para brindar con las nubes y el cielo esbozando una sonrisa, brindando con el viento y tu ausencia.

Viejas fotos, eternos recuerdos, presencia en el aire. Ausencia  realidad. Evocación alegre ante la certeza de las palabras de Borges “la muerte es una vida vivida. La vida una muerte que viene” (que la próxima vez que tenga que venir, venga tarde, venga sonriendo y sin doler y que nos deje tocarle el culo antes de llevarnos a ese lugar que hay tras las estrellas.)


Queda la memoria de los ojos de acero verde más bonitos que jamás hayas visto. El recuerdo que pretende dormir sin tener pesadillas en la almohada de plumas y clavos que el tiempo pone en la cama de nuestras vidas.

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