Subir de nuevo a la habitación;
esa idea rondaba en su cabeza mientras bajaba las escaleras. Tras meses
planeándolo; Venció miedos, instaló
cámaras estratégicamente. Entró en el
sex shop compró mascaras, látigos y esposas rosas. Finalmente tras tantos meses
dio el paso, esposó a su marido lo
desnudó despacito, chasqueo jugando el látigo y con él amarro sus pies a la silla. Con calma, sin lágrimas
recogió las grabaciones de las cámaras. Allí grabó los desprecios y palizas. Pensó subir de nuevo a la habitación y gritarle;
jamás volverás a maltratarme. Pronto la policía tendrá estas grabaciones.
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martes, 9 de febrero de 2016
lunes, 18 de enero de 2016
COSAS QUE PUEDO SER, COSAS EN QUE PUEDO AYUDARTE.
No sé si puedo
restablecerte las fotos que perdiste en el móvil o averiguar esa contraseña que
se te olvidó. No creo que pueda ayudarte a recuperar esa hoja de Excel que naufragó
entre las tripas de tu ordenador. No sé si podré ayudarte a reparar la televisión
o solventar el problema que dices que
tienes con esa lámpara que hace años dejo de funcionar. Y lo siento, jamás se
me dieron bien los animales ni la pintura de brocha gorda.
Pero si sé que
cuando te aceche el frió tengo aquí guardada una manta de hilo y lana para que
te arrope del hielo que pueda recorrer tu espalda en estas tardes de finales de
Enero. También sé que cuando te encuentres tan incómoda como una princesa en
una pensión, puedes contar con la ternura de los recovecos de mi pecho, mientras
mis manos trenzan tu pelo y tus dudas.
Sé también, que
cuando tengas sed, en el hueco de mis manos encontraras agua pura y fresca para
saciar tu sed y refrescar tu garganta. Cuando tengas dudas tengo una botella de
tinta de toro y otra de oporto para compartir mientras el sol se marcha por el
oeste. Puedo ofrecerte, si te apetece o la necesitas, una copa con sabor a Sábado por la tarde mientras conversamos sobre el sortilegio que todo lo
siembra en Otoño.
Sé que cuando te
duela el tiempo y sus horas hagan sangrar tu alma puedo ser bálsamo para esa
herida, soplar en ella, lamer las gotitas de sangre. La llama que alumbre tu
imagen en el espejo del lavabo. El soneto con el que sueñas, o la caliente fantasía
que te roba el sueño y de madrugada dirige tus dedos al sur de tu ombligo.
Sé que puedo ser
los segundos en los que aguantas la respiración para recordar esa verdad
desnuda y descarnada y descarada que insulta tus certezas los viernes antes del
mediodía.
No sé si puedo
cuadrar en abril tu declaración de renta y los números del año anterior para que
el Sr. Montoro esté contento. Pero creo que puedo ser resguardo para sus
tormentas.
Puedo, ya ves,
dejar mi saliva en tus labios el huracán tras tu esternón. Incluso, en ocasiones,
creo que puedo ser, la maldición que habita en tus ojos, la compasión de tus
manos, la maldad que como gotas de agua fría recorre tu espalda. La prohibición
que salta en tus pestañas. El ronroneante sonido de tus orgasmos, la presión de
tus manos en mi cabeza apretándola entre las piernas. El olor de tus muñecas y
tu cuello.
lunes, 4 de enero de 2016
APRENDIENDO A NAVEGAR (Si, el primero del año siempre es sexual…)
Sucede en ocasiones que todo está
bien, que tu mundo está en calma y te puedes permitir hacer algunas de esas
cosas que habitualmente vas dejando para un momento mejor. Para un instante en
que la clepsidra del tiempo deje más gotas para ti y menos para las
obligaciones diarias de cada día.
Así que me enfrasque en un curso
de patrón de yate. No es que tuviera ni la intención ni la posibilidad
económica de comprarme un barco, pero, oye!! Nunca se sabe, y como buen truhan
y señor nacido en el mediterráneo por mis venas corría no sólo mi primer amor,
sino también el agua y la sal de mi mar.
Las primeras clases, como todas
las clases teóricas, fueron aburridas y tediosas. Tú, preciosa desconocida
dabas lecciones sobre efectos del viento sobre el rumbo. Distante, fría, con el
pelo estirado y recogido en una aburrida coleta. Embutida en un traje chaqueta
negro, con tacones insulsos, ni altos ni bajos, camiseta gris marengo, sin
ningún tipo de adorno, tan sólo unos pequeños zarcillos en forma de brillante
en tus orejitas de niña tímida. No sé
porque imagine que estas clases las daría un tipo con la piel curtida pulseras
de cuero, colgantes con algún pequeño diente de tiburón y barba entre hipster y
un estudiado desaliño. Pero, no, las dabas tú que más parecías una funcionaria
del FMI o la Señorita Rottenmaier. Sería y distante mientras intentabas
expresar de modo que alguien de letras como yo entendiera sobre isobaras. Tu
distancia y seriedad tan sólo se rompían por el rojo carmín de tus labios y el desparpajo
con el que “robabas” el agua de cualquier de los que estábamos escuchándote.
En ocasiones cogías mi botella de
agua, entre explicación y explicación de derrotas loxodrómicas, y haciéndolo clavabas
tus enormes ojos marrones atravesados por una hoguera de un abrasador fuego de
pasión que desentonaba en tu semblante serio. Traspasbas con el rayo de tus
ojos como si quisieras ver dentro de mi, como si vieras algo que sólo tú ves. Bebías
a morro, descarada, -de nuevo desequilibrando la imagen de tipa sería- dejando
un poquito de carmín en la botella y sonreías maliciosa de modo casi
imperceptible al dejarla, de nuevo, a mi lado.
Por fin llego el final, y llego
el momento de poner en practica todo lo que teóricamente había aprendido. Trascurrió
el día, alejándonos de la costa. El velero, objeto sin vida, parecía intentar
que un novato como yo aprendiera a navegar. Llegó, como siempre llega la noche llegó con una ligera brisa que a pesar
de la época traía olor a sal, a mar, a aventura y a mayo. Sin tierra a la
vista. Noche cerrada en la que una luna en cuarto menguante observaba el agua
del mar y a Dubha, Merak y Phechda, formando con sus hermanas, la osa mayor.
Salí a cubierta y agachándome para
poder pasar con tranquilidad bajo la Botavara
me dirigí a Proa. Naufrague en
mis pensamientos, mirando las suaves olas, las estrellas, revisando el pasado. Disfrutando
el viento en mi cara y la sal en mi nariz. Te oí llegar andando descalza por
atrás. Pies pequeñitos y las uñas pintadas de magenta oscuro. Ya no parecías una
funcionaria del FMI, pantalones con dibujos militares ajustados y con muchos
bolsillitos, camiseta de tirantes negros apretada, sin sujetador, tus pezones
marcados por el vientecillo que recorría la noche. Pelo suelto, revuelto y caído sobre tus hombros. Varios colgantitos de
esos pretendidamente étnicos, pulseras. Tus manos atrás en la espalda.
Te diste la vuelta para enseñarme
que escondías una botella de cava, de
esas pequeñitas, un benjamín. – El espacio de los veleros,- dijiste riendo e
iluminando la noche con unos perfectos dientes blancos. Bebimos el cava, a morro como el agua.
Mientras una pequeña nube tapaba
la luna, y aprovechando una complicidad recién nacida por la soledad y el idílico
momento me besaste. Y, yo, claro está, recogí ese guante. Te seguí el juego. Caímos
besándonos a la madera de la cubierta, tu boca sabía a cava y tú olías a sal y mar. Me quitaste la camiseta bajaste
lamiendo mi barbilla, mi cuello y mordiste mis pezones. Apretaste algo más de
la cuenta y sonreíste con una angelical maldad. Te quite la camiseta negra, tus
pechos eran deliciosos, un precioso lugar en el que perdí mis manos, mis dedos,
mi lengua y mis labios entreteniéndose entre tus pezones enhiestos y duros, por
la excitación, por el viento… porque, así eras, me dio por pensar.
Tú, sin necesitar ayuda de nadie,
-algo me hizo pensar, que no te hacía falta para nada- te quitaste los
pantalones, bajo ellos no llevabas ropa interior. Sonreí. Me cogiste la mano
izquierda y la dirigiste a tu sexo, húmedo, sin pelo, terso. Apoyaste las
palmas de tus manos y de tus pies en el suelo arqueando tu espalda. Yo me
entretuve mordiente tus pezones, me atrevía morderte tan fuerte como tú me habías
mordido, y mis dedos medio y anular en
ese lugar que tan húmedo estaba… Eras tú la que imponía el ritmo, que empezó rápido
para convertirse en frenético y transformarse en endiablado. Tu humedad recorría
tus muslos y empezó a competir con la del mar que nos mecía en el velero.
Apartaste mi mano, cogiste el benjamín y tú misma seguiste el trabajo mientras
esos labios que antes bebían mi agua empezaron a apretar y morder mi virilidad
que a estas alturas, estaba en competición, en dureza, con el mástil y el puño de driza. Estaba a punto, muy a punto de
acabar inundando el cielo del paladar de tu boca. En ese momento dejaste lo que
hacías con tu boca liberándome de tu interior. Sacaste el benjamín de donde lo habías
metido, y alargando la mano sacaste un preservativo de uno de los bolsillos de
tu pantalón.
Te arrodillaste con tu pelo al
viento, tu cara a proa y tu culito a popa. Me diste el preservativo con una
sonrisa y una invitación que no iba a rechazar. Entré y a los pocos
movimientos, con tu mano izquierda cogiste mi virilidad y la sacaste de donde
la había introducido giraste un poco tu cabeza sobre tu hombro, me sonreíste endiablada,
y lo guiaste hacia ese otra abertura de tu cuerpo. Entré en ese apretado lugar
mientras tu mano se ocupaba de la parte delantera. Aullabas como una loba que
quiere decir a la luna que no empequeñeciera. Y, o eras la mejor actriz del
mundo, o tus pequeñas morts ya no podían contarse con los dedos de una mano. Yo acabé en uno de esos aullidos, uniendo mis
gemidos a los tuyos. Sudábamos placer y pasión.
El preservativo que me habías regalado
lo sacaste con cuidado. Tumbada, mientras tus senos desmentían cualquier ley
sobre la gravedad esparciste su contenido sobre tu pecho y tu vientre regalando
especialmente tus pezones. Mientras sonreías pizpiretas. No sé cómo son las
funcionarias del FMI, pero desde luego nada tenias que ver con la Señorita
Rottermaier. Nos quedamos tumbados como si fuéramos viejos amantes. Tú
simulaste dormir el resto de la noche, y yo aparente descansar hasta que el sol
empezó a despuntar por el oeste.
martes, 1 de diciembre de 2015
HAY PENAS.
Hay
penas que más que doler son la representación teatral de un pequeño disgusto,
la pintura de un cuadro que pretende ser triste cuando en realidad no es más
que la continuidad de un guión que parece preestablecer nuestras vidas. No sé!!,
así como cuando pierde nuestro equipo o cuando no nos sale bien un proyecto que
sabemos que podremos reemprender más tarde.
Sin
embargo, hay otras penas, las de verdad, que se enganchan en el alma que
aprietan la sístole y la diástole, que hacen que perdamos el rumbo el norte y
el timón. Que viajan por las venas y las
arterias entristeciendo todos y cada uno de los poros de tu piel. Penas que
hacen que lluevan lagrimas en tu estomago por no rodar por tus mejillas.
Penas
negras y oscuras como el hueco que se queda entre los dientes cuando la vida de
un puñetazo te arranca un par de muelas. Penas rojo intenso como la sangre
desperdiciada de tantos. Penas que son como esas despedidas de los seres
queridos que sabes que no volverás a ver. Penas que te dejan una fatiga en la espalda, esa fatiga que estará
siempre enredada en tus vértebras, las que ponen canas, arrugas y vida a los
años.
Penas que oscurecen las mañanas y amargan las
puestas de sol vespertinas del mediterráneo, que se instalan en ti como astillas
clavadas fuertemente entre las uñas, y que aún arrancándolas dejan una
indeleble cicatriz allá donde se han posado.
Hay
penas que, en definitiva, te hacen más fuerte. Qué otro remedio queda?
viernes, 30 de octubre de 2015
AGÁRRATE FUERTE
Agárrate fuerte al trocito de lona que
queda de esta maltrecha barca que nos ha traído desde las playas de al Qamsiyah
hasta este centro sin final de mar. No te preocupes, cariño, saldremos de
esta. Sí!!, el agua está fría, y pronto
se hará de noche. Pero hoy hay luna llena y dará claridad y luz a las olas. Yo
muevo los pies hacia ese puntito de luz que se ve en el horizonte. Sonríe
cariño y mira como el brillo de mis ojos hilvana el recuerdo, no te duermas y
recuerda las tardes de primavera bajo los
hibiscus los sahabis y los olivos, cuando tu madre y tu tia traían
hummus, baba Ghanoush dolmas y queso manakish, mientras el sol se enseñoreaba en
tu sonrisa.
No llores, hijo, y agárrate fuerte a lo
que queda de plástico y madera. No llores porque bastante tristeza y sal tiene
ya este mar. Por fuerte que sea este mediterráneo, altas sus olas y terribles
Caribdis y Escila no me faltará coraje para superar todos los estrechos de
Escila que sean necesarios, pero podría ahogarme en tus lagrimitas. No llores más
mi corazón, atrás hemos dejado la metralla que explota en el centro de los
sueños reventando piernas y esperanzas. Pero no los nuestros. Nuestro futuro aún
está vivo, allí justo en esa lucecita que hay al final de este mar.
Agárrate fuerte, mi vida, agárrate a lo
poco que queda de balsa y roza con tus deditos mis manos, porque así me das la
fuerza para seguir remando, para seguir moviendo mis piernas y luchar contra
los Lestrigones y el frío. Toma, ponte mi chaqueta, a mi no me hace falta y
aunque mojada, algo te tapará. Agárrate, cielo, agárrate fuerte a la ilusión
que aún brilla en tus pupilas. A la esperanza que Pandora dejo en su ánfora. Al
deseo de que las cosas salgan bien. A la
certeza de que acabará esta noche y mañana brillará el sol.
He oído que tras este mar existen personas
que no nos quieren que han levantado muros de hierro y desconsuelo, barreras de
piedra y desazón, vallas con concertinas y pesadumbre, que han enviado ejércitos
de armas y hombres oscuros para que no lleguemos al futuro. Pero también he oído
que hay brazos abiertos y personas sin corbata que quieren ofrecernos su vino y
su pan, sus mantas y sonrisas. Agárrate cariño y no mires al fondo. Los que se
han hundido vigilan nuestro camino.
Agárrate hijo, agárrate fuerte a este
trocito de lona, tan fuerte como te cogías a mi mano cuando, hace tan tan poco,
aprendías a andar. Yo, ya ves, hace
mucho tiempo que no rezo a nuestro Dios ni al de ellos, pero esta noche de luna
llena suplico a la parca dama que si quiere llevarse a alguien más antes del
amanecer me escoja a mí. Te deje continuar hacia alguna orilla de playas
blancas y fuerte sol de agosto y allí con los años te conviertas en un hombre
feliz que pueda contar esta triste historia.
Agárrate fuerte, hijo mío, agárrate fuerte
a mi pecho, porque mientras en el tuyo lata tu corazón en el mío habrán fuerzas
para sacarte de este mar, para alejarte de esa guerra.
miércoles, 21 de octubre de 2015
DÉJAME.
Déjame que desenrede la madeja de
dudas que se agazapan y habitan en tu pelo, mientras, dame aire con la ternura del abanico
de tus pestañas. Saborear de tus labios el vientecillo de libertad que mece las
hojas de las jacarandas en este recién nacido otoño.
Déjame que escriba con hielo, en
tu espalda desnuda, una poesía de esas que no borra el tiempo y que quedan
acurrucadas por siempre entre las manos de tu alma.
Déjame pasar los inviernos bajo
tu piel y buscar contigo un Shangri-la perdido en el que no se encuentre ni
James Hilton ni las tediosas horas del inapetente devenir diario. Sin relojes
ni calendarios ni rutinas. Un lugar en
el que poder compartir sonrisas, abrazos y vinos. Un lugar en el que volver a
mostrarte mis heridas y soplar en las tuyas.
Déjame hacerte un abrigo con
hojas de romero y arrullarte con la lumbre de mi pecho en las primeras noches
de noviembre. Déjame, eso si, las
puertas abiertas por si quiero que me dé el aire. Deja miguitas de pan por si me pierdo poder encontrar el camino de
regreso al cielo del paladar de tu boca. Déjame imaginar tu cuerpo desnudo, el
color de tu ropa interior, que me pierdo entre tus piernas y en el hueco de tu
ombligo, d´jame que lo imagine y después… sácame de dudas.
Déjame que me refugie las
lluviosas noches de enero en esa trinchera que hace el hueco de tus manos que
me emborrache con tu aroma y el licor de tu boca para soportar mejor el relente
de esas noches.
Déjame ser la crisálida en la que
crezcan las alas de tus anhelos el olor a camagrocs en las últimas tardes de
octubre. Tu abrigo cuando la escarcha helada deje las calles de nuestra ciudad
llenas de humedad y frio.
sábado, 10 de octubre de 2015
¿JUGAMOS?
A media mañana de un martes cualquiera
de un otoño cualquiera a mi alrededor sólo habían folios, expedientes y
pantalla de ordenador, casi el olvido de la última sensación divertida. Nada
extraño, el lánguido paso de las horas con el tedio del curro nuestro de cada
día.
Me distrajo de lo que escribía en
la pantalla el sonido de un mensaje al móvil, un whatsapp, lo llamamos ahora,
era un número desconocido que decía. -“hola
guapo, buenos días, Jugamos?”-. No hice caso, y a los dos minutos, el mismo
mensaje. Y a los cuatro segundos, y por tercera vez, el mismo. Contesté,
alguien se equivocaba. –“Disculpa, te
equivocas, no sé quién eres, tal vez alguien espere tu mensaje, y tu juego-“puse
un emoticono de esos simpáticos para no parecer grosero. –“no, no me equivoco,
si me conoces y muy muy muy bien” – Vaya, pensé, sea quien sea si quiere jugar,
a ver como acaba esto, y contesté el mensaje. – “ok, quien eres, dame una pista”- -“claro, vamos a jugar, te envió una foto de algo de mi y debes de
adivinar quien soy”- Lo cierto es que el juego se ponía interesante.
Pensé en ti, en mi, en la monotonía
que últimamente ceñían hasta estrujar las horas. Decidí jugar. Al poco rato recibí
una imagen. Vaya, hacia mucho mucho tiempo que no recibía una sorpresa de ese tipo,
sonreí al tiempo que una brisa de excitación bajaba por mi pecho.
-“jajajajajajajaja, que sorpresa cariño, tu culito sigue siendo el más
bonito del mundo y nada le sienta mejor que ese culotte negro. No sabía que habías
cambiado de teléfono en esta última media hora” Intenté volver a la monotonía.
–“déjate de cambios de teléfono. El juego
empieza justo ahora, hoy no estoy en la oficina, y tú deberías de marchar de la
tuya ahora. Si te atreves claro” jajajaja, pensé que obviamente me conoces
de sobra y sabes que si acabas la frase escrita con un “si te atreves” tan sólo
cabía la posibilidad de que lo hiciera.
Cerré ordenador y de un portazo
un libro gordo y la apatía que últimamente acompañaba a los días y las semanas.
– “claro que jugamos guapa, dime que
tengo que hacer, pero lamento ser aguafiestas, sabes que hay una hora para
recoger en el colegio, “ – “ me he
ocupado de todo ,controlado, tranquilo y ven a esta dirección” Era la
dirección de un hotel y una foto tuya desnuda frente al espejo con una cajita
en la mano y una copa de cava en el suelo.
En ese instante, los tambores de
los dioses replicaron a excitación a modo de bumbumbum en mi corazón y
entrepierna. Con la moto y las ganas me plante en el lugar convenido rápidamente.
Abriste la puerta; desnuda, descalza, con el pelo mojado y con todas las ninfas
de la fogosidad bailando en tus oscuros ojos ligeramente pintados. Tus labios
carnosos y de un rojo intenso me besaron, y me arrastraron dentro de la
habitación, ofreciéndome una copa del cava helado que tanto te gusta. De manera
mágica me quitaste corbata, camisa, zapatos. Todo. Toda mi sangre corrió al
ritmo de batucada al sur de mi ombligo.
Espere a que bajaras a besar ahí,
justo en ese lugar. Pero dejaste de estar en cuclillas sonreíste como una
diablesa buena. Pusiste la cajita que antes vi en la foto en mis manos. –Ahora empieza
el juego- dijiste. – no debes de adivinar lo que hay dentro, ya te lo digo, es un
tanguita preciso si adivinas el color, tienes tres oportunidades, esto que
tienes aquí tendrá una gran alegría- dijiste acariciando con tus uñas mi
virilidad, que a esa alturas estaba a punto de quebrarse. – Si no lo adivinas,
será, aquí donde se disfruten de una y mil petittes morts- dijiste poniendo mi
mano en tu sexo con muy poco y cortito pelo.
Evidentemente no podía negarme al
juego. –¿rojo?- -no- , -¿blanco?-, -No, y te queda sólo una oportunidad-,
dijiste bebiendo cava y sonriendo maliciosa. –mmmmmmm, jajaja, no será de esos
horribles de color carne?- dije riendo y esperando que el chiste no contase
como respuesta, -No, perdiste la oportunidad de que aquí explote la vida-
dijiste lamiendo desde el principio de mi hombría hasta justo el final y
dejando tu saliva, el frescor de cava y el rojo del carmín por el camino, y de
paso alejando por completo mi voluntad.
Abrí la caja, preciso y de un
extraño color, visón me dijiste que era, yo te conteste que el color visón no
existe mientras reía y cogía la botella de cava. En ese instante te tumbaste en
la cama y yo deje caer el fresco liquido por tu vientre para beber de tu
ombligo. Bese tu boca, lamí tus pechos. Baje un poco más, bebí el cava del
preciso hueco que forma tu ombligo tan cerca de ese lugar. Baje más y nade
entre tus piernas saboreando toda tu feminidad. Esperé a que las primeras
convulsiones se enseñorearan al final de tus muslos. Que guapa estás cuando eso
pasa. Inmediatamente pensando que en ese momento de debilidad podría entrar en
ti y llegar a esos mismos espasmos te acaricie intentando penetrar. Con un
ligero quiebro te apartaste, pusiste tus pechos en mi boca y mientras mi lengua
danzaba con tus pezones. Me susurraste al oído – Shhhhh, recuerda el juego, has perdido, hoy me toca a mi y sólo a mi-
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