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sábado, 29 de marzo de 2014

A UNA AMIGA....




Cuarenta, ya ves, es nada. Un momento en el tiempo, un momento sin más. Tal vez momento de seguir, de vivir de amar. Lo cierto es que somos jóvenes y hermosos, porque uno, venga como venga la partida, es joven y hermoso mientras se sienta así.

Y,  tienen algo los años que las letras, las palabras o los silencios que quedan pendidos entre la estrofa de una y otra poesía no pueden expresar. Tal vez, eso, esa huella vital tan sólo quede apuntada en esas bellas arrugas que el tiempo va dejando en nuestro rostro, como deja azúcar septiembre en las uvas, como deja luz el verano tras el sol vespertino y tardío.

Fíjate,  amiga, que el tiempo pasa y va dejando en el zaguán de los recuerdos, sonrisas, lágrimas, recuerdos, planes, alegrías. Años. Una maratón con el tiempo justo. Antojos por cumplir, palos por tirar, piedras que no han nadado en ningún rio, sueños por soñar, vinos bebidos, besos que no se han dado, abrazos en la sombra. Fracasos. Éxitos. Decepciones que encuentran la salida en el abrazo de un amigo, en las manos  del pasado, en los pies que van al futuro. Y, Fíjate, que a pesar de todo de los años siguen viniendo siguen, pasando…. Tal vez lo más importante, sean las sonrisas compartidas, las confidencias escondidas, la amistad sincera en esos rincones del alma que quedan agazapados en el baúl del tiempo, en la caja de los recuerdos, En las botas del porvenir.

Ya ves, amiga, sólo, cuarenta gotas de agua en la clepsidra de nuestras vidas, en los granos de arena que poco a poco, cadenciosos, pasan por el estrecho devenir de los momentos que nos abrazan, que nos molestan, que nos sonríen, que nos motivan a llorar, a reír, a agitar las manos. A vivir  al fin y al cabo. Un precioso momento para volver a mirar atrás, para respirar. Seguir y andar. Para suspirar con la certeza de que queda mucho por vivir y que todo va a ir bien.

Mira, amiga, mira que tiene el tiempo, como mínimo, cuarenta sonrisas. Cuarenta sombras. Cuarenta heridas. Cuarenta luces. Cuarenta motivos para no contar los años y mil para contar las circunstancias que hacen que tiemble nuestro corazón, que naufrague nuestra voluntad, se pierda la intensidad de nuestras convicciones. Cuarenta amaneceres. Cuarenta ladrones sin pistas para encontrar la luz tras la negra noche. Un hilo de Ariadna que nos sacará del más oscuro de los laberintos.

 Fíjate, amiga, que en los brazos de tus amigos. De aquellos que te quieren, que aún no  son  tan viejos ni tienen los brazos muy cansados hay un hueco para la esperanza una lumbre refulgiendo por si hace falta y se hielan tus manos. Un abrigo para los días de frio. Un paraguas por si llueve. Unos labios dispuestos a soplar en las heridas. Una brújula por si pierdes el norte. Un abrazo. Y, tal vez, la vida sea una bachata, un baile en el que moverse sin dudas ni vergüenza ni miedo en los pies. Un baile que bailar descalza.

Fíjate, amiga, que tal vez  la vida no sea más que el castañear de la estrella que te mira cuando no duermes sola. Que el hombre que te ame descubra que el mejor tiempo es el que pase contigo. Respirando tu aire. Enredado en tus manos. Cepillando tu pelo.


viernes, 21 de marzo de 2014

UN POCO DE SEXO

Recién entraba en nuestras vidas, y en el planeta, la década de los noventa, caía la tarda sobre el mediterráneo como cae la luz sobre el monte parnaso. Tras el humo del cigarro que fumabas entre trago y trago de la cuarta cerveza se veía el veneno de tu pelo negro y rizado, ni largo ni corto. Radiante. Tu sonrisa y tus ojos de mujer que se deshace en sueños cada vez que recuerda aquello que hace temblar su entrepierna. Estabas guapa, muy guapa, sin excusas ni evasivas. Guapa sin más. Pizpireta y feliz.

 Mientras las olas del mar, cerca de nosotros acariciaba los millones de granos de arena inertes sonaba la recién estrenada canción “Veneno en la piel” de Radio Futura. Y como si ya supieras de memoria esa canción, en el momento indicado soplaste espuma de cerveza sobre mi nariz. Sonreímos. Prodigabas tu sonrisa con esmero, como en la canción, y lo cierto, es que me dio por pensar que querías ponerte el disfraz de bruja pecadora…. Recogí ese guante.

Saqué un boli y cogí una de esas servilletas, que más que limpiar tu cara arañan tu piel, mientras te miraba escribí sobre el papel; “-Estas muy guapa-” te pase el papel y el boli mientras volvía a beber de tu cerveza, (la mía se acabó hacia rato y sobraba el camarero a nuestro lado) “-tú también-” devolvía el papel. Me tocaba escribir “-de que color es tu ropa interior-”. “-de verdad te interesa?-“ devolviste escrito en el papel. Te miré a esos ojos de muñeca feliz y asentí con mi cabeza y mi mirada. Mientras emborronábamos de tinta azul la servilleta con su reborde rojo, el mundo seguía girando.

Éramos jóvenes y hermosos, lo éramos porque uno siempre es joven y hermoso mientras se siente así. Busqué entre mis manos y tu pelo intentando buscar algo ocurrente que escribirte en esa servilleta cada vez más emborronada. Tus labios me dieron la idea. – voy al baño dijiste. –“llévate mi reloj, cuando el minutero marque 23 abre la puerta con tu ropa interior en la mano, así veré su color-“ te  escribí en la servilleta que te di junto a mi casio con calculadora. Tu cara y tus ojos se iluminaron entre incerteza y pasión. Yo temblé un segundo por dentro. Esperaba tu reacción. Cogiste la servilleta, la guardaste en el bolso. Cogiste el reloj, - ahora marca y 21…. Tienes 120 segundos- y te marchaste moviendo un culo de pantera hacia el baño. 

Me sentí ridículo contando en voz baja hasta 120. Golpee la puerta del baño de aquel bar medio vacío. Sonaba “y no amanece” de los secretos. Abriste con los tejanos colgados del tirador, una minúscula braguita negra en tus manos que depositaste en las mías. Preciosas dije mientras nos fundimos en un beso, escondidos en aquel lavabo, agarré tu culito, besé tu lengua, tu pelo, tu cara, tus ojos. Mordí tu lengua. Bajé mis manos a tu vientre y algo más abajo introduje mis dedos notando aquella bendita humedad. Tu entrepierna mojada y la dureza de la mía pararon el planeta y su eterno giro. 

 Nada de lo que pasará fuera de ese pequeño y ajeno espacio de apenas tres metros cuadrados importaba. Tan sólo tu saliva bailando con la mia. Me sentaste en el único lugar en el que podía sentarme. Bajaste en cuclillas luciendo un excelente equilibrio y forma física. Tu boca absorbió mi virilidad, mi hombría entraba en tu boca y salía brillante y reluciente del camino húmedo que allí dejabas. En esa postura me mirabas y parecías una bruja buena, una especie de diablesa que sabe lo que quiere y que es capaz de conseguirlo. Parecía que quisieras robar el color de mis ojos. Que durmiera en ti la pasión y que se hubiera despertado hambrienta en el minuto 23. 

 Yo estaba a punto de dejar algo en el interior de tu boca, pegado a tu lengua. Justo en ese instante dijiste. Espera. Espera. A mi ya no me importaba que alguien fuera pudiera escuchar (improblable, porque What it Take de Aerosmith inundaba el aire). Te levantaste y frente a frente te sentaste sobre mi. Una joven valkiria morena cabalgando, descontrolada y gimiendo. Suspiraste arqueaste tu cuerpo hacia atrás. Yo dejé de pensar de controlar, de intentar que mi lluvia blanca no inundara tu interior. Dos pequeñas muertes tuvieron lugar en ese inusual lugar. Sonreíste. Sonreí. Dejaste tus braguitas en mis manos te pusiste tus tejanos y saliste diciendo. Espera unos segundos para salir. 

 Cuando llegué a la mesa habían dos nuevas cervezas. El invierno seguía su curso, la guitarra de Joe Perry seguía rasgando el viento, yo tenia el sabor de tu piel y tal vez de tu dolor en mi lengua. Tú sacaste del bolso la servilleta manuscrita con una letra tan preciosa como tus dedos de uñas rojo intenso y con mis garabatos. Con sonrisa de diablesa la guardaste en el bolsillo de tus tejanos…… ¿Cuánto tiempo estaría allí guardada?

sábado, 1 de marzo de 2014

AHORA QUE ES TIEMPO DE DISFRACES.




Una vez más, como cada año, el Rey Carnestoltes, precediendo la austeridad y la penitencia de la cuaresma cristiana, viene con sus sonrisas y ungüentos que curan heridas del alma, dándonos órdenes de cómo vestirnos. Nos indica a susurros inaudibles que nos quitemos los trajes y corbatas de siempre, los vestidos de reuniones interminables, la bata de trabajo. La monotonía al fin y al cabo. Nos dice que nos vistamos distinto, que soñemos lo que queremos ser, y nos vistamos de nuestro sueño. Que lo vivamos, aún en el corto tiempo que dura el sonido de una nana en el oído de un pequeño. Y la verdad, se me ocurren muchos disfraces con los que vestirme.

Tal vez de la  botella vacía que queda tras una tarde de charla, conversaciones y besos. O del mensaje que podamos dejar en esa botella pidiendo un mundo mejor, más humano, más amable. De la ola de tu Mediterráneo que moverá esa botella y su mensaje hasta las palmas de tu mano. Ponerme, quizás, la mascara que es el eco de tus labios cada vez que marchas diciendo que me quieres, que dejas un beso prendido en la mesita y bailando en mis labios.

No estaría nada mal ponerme la ropa del oscuro vértigo que resurge cada vez que salto entre tus pestañas o, tal vez, de la gota de sudor que recorre tu columna para acabar su camino allá donde acaba tu espalda y en su culotte negro cada vez que mis dientes muerden tu cuello y un escalofrió recorre tu nunca.

Quiero ponerme el antifaz del arañazo en tu espalda, del hombre que habita en tus sueños y sabe hacer el fuego primigenio para darte el calor que necesita tu pecho. De la estrella polar que marca tu norte y mi sur. De las manos y los dedos que se entrelazan entre tus brazos y las flores vespertinas que recoges al atardecer. Del sueño sexual que hace que despiertes jadeando en las  noches de cuarto menguante. De la postal que recibes cuando mi cuerpo está lejos y mi ausencia cercana. Del pirata que te secuestra y te lleva por mares lejanos y fantásticos, lejos de los folios y números diarios y te besa en playas sin normas. Del vampiro de capa negra que muerde tu cuello, de aventurero en tus sueños, del canalla impenitente que te hace estremecer.

Y, fíjate, que seria interesante ponerse el disfraz de la puerta abierta a la esperanza a los días que vendrán, de la ventana sin cerrojos que deja pasar el aire fresco. De tu mejor canción, de la poesía que aún no te he escrito. De la vibración de tu voz recitándome al oído poemas de Omar Kayamn. Del susurro que queda pendido en el aire cada vez que dejas de decirme un te quiero. De blues acompasado a tus pasos.

De suicida por amor que se arrepiente. Justo, un segundo antes de saltar y encuentra soluciones en tu cama. De la estrella que brilla en tu dedos, de las constelaciones y las pleyades que recorren tu espalda.

Buscar entre los cajones del ayer y los cachivaches que por ahí andan guardados material para hacerme el antifaz veneciano del carmín de tus labios, el perfume en tu cuello, la prenda que tapa tu culito, los zarcillos brillantes  que adornan tus oídos. Del hilo de Ariadna que te muestra la salida de tu laberinto. Del arco tensado de Ulises. Del ascensor en el que te quedas atrapada, de las promesas que no cumplí. De la lluvia que empapa tu pelo.


Ponerme esa ropa que me trasformaría, aún por unas horas, en el avión que te trae de vuelta a casa, no a cuatro paredes, a esa casa que habita en tu corazón. El bombón de licor que explota en tu boca. Del lugar al que volver, del sitio donde quieres estar. De demonio bueno, con alas de ángel. O disfrazarme, ya ves, de la paz que anida en los rizos de tu pelo.

miércoles, 19 de febrero de 2014

UN NIÑO CAMINA EN EL DESIERTO.



Casi cada mañana nos despierta el café, tras las primeras luces del alba, con dolor y tristeza, con noticias que parecen resbalar por las endurecidas pareces de nuestro corazón, a base de contemplar miserias a través de la aséptica pantalla de plasma y leds de nuestros televisores de cuarentaypico pulgadas. Pulgadas y destellos de luz que no hacen más que alejarnos del viento, del susurro que recorre las hojas de las copas de los arboles que tan lejos nos quedan, que nos alejan al fin y al cabo, del brillo de las estrellas, de la oscuridad de la noche y de la vida.

Yo, fíjate, sigo sensible al mal ajeno. El otro día no pude evitar que lagrimas de rabia y de un dolor ancestral recorrieran mis mejillas, justo antes de dar el primer beso de la mañana a mi piccolo motivo de ser y de estar. No pude evitar que mi puño se cerrara en si mismo con ganas de golpear algo o a alguien.  Lagrimas que entristecían mi cara, humedecían mis ojos y mis mejillas al ver la imagen de Marwan. Un niño de cuatro años, Sirio, victima de una guerra que no conoce, que no entiende, que es incapaz de comprender en su mente infantil, en su alma de joven Ángel.  Victima de la guerra que azota la tierra en la que el destino le hizo nacer. No sabe, claro está,  de normas ni fronteras (y tristemente muchos   se empeñan en hacer fronteras donde yo pondría puentes y poesía…..), no sabe el joven Marwan, como decía, de motivos ni razones para la violencia, de las causas por los que alguien cambia un clavel por un fusil, no sabe del porqué el no juega. No sabe ni tan sólo porqué huye. No sabe porqué huye de un presente que no le sonríe. No sabe del lado de quien caminará hacia un futuro que parece muy cierto, muy gris y muy triste. Victima de los adultos de allí donde nació, y en cierto modo también victima de mi y de ti que me lees con un vino en la mano o en móvil mientras esperas que el semáforo se ponga verde. Victima, en definitiva, de la pasividad, de la aceptación de que podemos tolerar que miles de personas acaben refugiadas en cualquier campo de cualquier desierto. A la sombra de cualquier esperanza.

Andaba entre Siria y Jordania. Sus padres huían. Huían de un presente sangriento, de una guerra, que como todas está organizada por generales con medallas, palacios, buena carne y toallas de lino blanco, generales  que jamás se manchan las manos ni cavan trincheras. Esos padres, como yo haría, intentaron ofrecer algo más a su hijo, ofrecerle otros nidos con paja más cómoda, un lugar en el que crecer, en el que ser feliz, en el que no morir de un tiro en la frente o de hambre o de miseria.Un lugar en el que existir, en el que el cansancio debería llegar tras una tarde de risas y besos, no de una jornada de hambre y miedo. Decidieron atravesar el desierto. Atravesar un desierto. El pequeño Marwan se perdió, (y no importa si atravesó sólo el desierto, o si tan sólo estuvo desamarrado de la mano de su padre unas horas…..)

Creo que la arena de ese desierto temblaba de rabia y se encolerizaba a cada paso que esos pequeños pies que deberían de calzar un 27 ó 28 pisaban, junto a su desilusión, a su falta de juguetes, al acorralamiento de su futuro, a sus ojos tristes, al futuro sin lugares ni promesas, a los escombros de su poco pasado, las dunas que difícilmente le llevarían a un lugar mejor. Temblaba esa arena y temblarían los antiguos dioses mesopotámicos, si es que en algún momento existieron allá en ese lugar. Anshar llora impotente en el cielo primigenio y se pregunta si fue correcto dejarnos libre albedrio.

 Ismael Serrano, en una preciosa canción y hablando de otro desierto, pero que para el caso es este desierto, es esta historia, es esta desilusión que debería atenazar la sístole de todos los que nos queda una brizna de humanidad en la diástole de nuestros corazones, algo así como: “No digas que aquí hay silencio, podrás decir que no oyes,….”  Es cierto. No hay silencio, yo escucho fuertemente como Marwan, y tantos Marwan desconocidos gritan, no sólo de sed y de hambre. Gritan de desconsuelo, de falta de futuro. Oigo como sus sonrisas anhelan una caricia en el pelo, una cometa brillando al sol, un coche que no sea una ambulancia que les lleve a un derruido hospital. Oigo como desean lluvia que limpie y les traiga futuro.

No hay silencio, no debería haberlo. Si un niño de cuatro años, ha sido capaz de atravesar un desierto con una bolsa de plástico en la que guardaba, más celosamente que pandora su secreto, sus ilusiones, sus esperanzas, sus pocas posesiones. Un trozo de trapo con el que amarrar, no tu pelo, sino sus sueños, con el que taponar las heridas que le traiga la noche, el sufrimiento de las horas andando. Una bolsa de plástico en la que seguro que habita la promesa de un mundo mejor, la frágil certeza de que tal vez mañana ningún Marwan recorra ningún desierto huyendo de ningún lugar. Nosotros deberíamos de ser capaces, al menos, de levantar nuestro dedo y nuestra voz, deberíamos de ser capaces de decir que no estamos dispuestos a tolerar que esto pase. Deberíamos de ser capaces de gritar que NO,  no toleraremos que esto suceda como suceden las cosas normales, como sucede la noche al día, como pasan las cosas que deben de pasar. No. Simplemente No. Un niño anda en el desierto, perdido, o no, eso qué más da?, y nosotros, nosotros donde andamos que permitimos que eso pase? . No tengo repuestas. Lo siento. No las tengo

Disculparme, pero en ocasiones necesito   reconciliarme con el mundo…. Y se me hace muy difícil, mucho, y más viendo como los dirigentes del país en el que las parcas me han dado a nacer deciden suprimir la justicia universal.




viernes, 7 de febrero de 2014

Y SI SE PUEDE?

Hace muy poco fallecieron CONCHA CARRETERO y NIEVES TORRES. 95 años de vida vivida, luchada y bebida como sólo saben hacen las personas grandes. Esas que tienen una enormidad en el alma y en el cuerpo que hace que algunos nos sintamos pequeñitos.

 Ambas compartieron celda en 1939 con las trece rosas (representación, aún hoy día, de la represión Franquista. De la representación que ejerce el poder sobre los débiles). ellas, Concha y Nieves, tuvieron algo más de suerte, conmutaron el fusilamiento en la tapia, teñida de manchas de indeleble rojo sangre, del cementerio de la Almudena por cadena perpetua. 

 Por fortuna el antiguo régimen acabo, y ellas siguieron luchando. Un año antes de su muerte Concha decía, en un homenaje, que los jóvenes de ahora están como los de la posguerra, “sin derechos, sin empleo, sin futuro, al capricho del patrón” Invitaba a los asistentes a “defender nuestros derechos y nuestra libertad”. Pero hay una diferencia, ell@s lucharon. Literalmente. Nosotros parece que no. Y seguimos, cada vez más, al albur de los caprichos del patrón (qué más da que antes fuera un señorito en el campo y ahora un seudoejecutivo con corbata?) y no digo que tengamos que tener una guerra trabajadores contra empresarios. Doy por hecho que la mayoría de unos y otros actúan con dignidad y seriedad. Pero no todos. A estos que no lo hacen el poder político y las leyes cada vez le facilitan más ser unos impresentables y abusar de la necesidad de trabajo, de comida, de techo de los que menos tienen. 

 Y aquí seguimos dejando ver pasar la vida y hurtar nuestros derechos. Encantados con que empiecen a rodar Torrente 5 y con que Belén Esteban se haya metido a escritora. Aquí estamos sentados en sofás esperando a que una ola con sirenas en su interior arregle nuestros problemas. Es cierto que en ocasiones hemos llenado las calles y trasformado en ágoras de sueños y esperanzas las plazas y algunos mercados. Es cierto. Pero no es suficiente. Tal vez se han tenido pequeñas victorias como en Burgos evitando que hicieran el caro y desastroso bulevar que pretendían. O como en Madrid y su marea blanca que ha evitado, por ahora, la salvaje privatización que se pretendía. Y eso hace pensar que tal vez si se pueda. Tal vez si. Nieves Torres, siempre hacía mención a la falta de odio y de rencor incluso hacia aquellos que la torturaron y rompieron a golpes y patadas su cuerpecito de hembra guerrera. Sobrevivió. Y nos ha dejado un importante legado. “ A veces hace falta tocar fondo para renacer y aprender a vivir en paz”, Decía. Es verdad, y creo que aquí ya hemos tocado fondo. Tal vez sea el momento de empezar a recuperar lo perdido, y una vez recuperado olvidar odios y rencores. Vivir en paz. Dos mujeres, dos guerreras, con esa fuerza que tan sólo pueden tener personas especiales. Discursos y actitud ante la vida que, al menos a mí, me hacen sentir un orgullo ajeno y una vergüenza propia. Dudo que algún familiar de una u otra lea este post, pero si lo hacen recibid un abrazo de mi parte. Estoy seguro que tanto Concha como Nieves deben de andar por ese paraíso que tenemos los ateos. Brindad con los míos. Permitirme que acabe este post con una frase robada a Concha Carretero. “No pasaran y si pasan no les hablaremos.”

miércoles, 15 de enero de 2014

HISTORIA PARA ADULTOS.



Corría, con más calor que de costumbre, más o menos el año 886. Digo más o menos porque nunca me importó mucho el día en el que vivía, o en el que moriría.   A las ordenes de Siegfried, y aprovechando que tras la muerte de Luís III Francia estaba desunida y perdida a un futuro incierto, llevábamos más de tres días intentando penetrar en París. En la Ille de La Cité, Defendida, aunque me joda admitirlo, magistralmente por un Tal Eudes. Un Joven hijo de Roberto el Fuerte.

La batalla fue tan asquerosamente dura como las demás y no sólo no conseguimos tomar la maldita torre, sino que los jodidos Parisinos, al final del asedio, levantaron un piso más a esa construcción vertical. Yo, y los compañeros que bajamos con 700 barcos por el Sena, desde nuestro pagano norte, no  comprendíamos muy bien como se podían construir torres. Pero se construían y eran muy difíciles de tomar. Los muertos flotaban por el agua, el aire apestaba a sangre vísceras y heces de caballo mezclada con la mierda y el pis que se habían hecho los más jóvenes. Olía a  miedo y muerte. Como siempre. Tras tantas guerras aún me pregunto para qué valen?, para qué sirven?, si benefician a alguien más que a los poderosos que tan sólo se asoman a la batalla subidos a caballo tapados con limpias pieles y enarbolando una espada que difícilmente se mellará o se manchará de sangre.

Tras tanta muerte y tantas heridas, tras tanto intento por tomar París y su endiablada torre apareció por el lugar Carlos apodado el Gordo, y dándole una patada en el culo a Eudes firmó un tratado de paz con Siegfred. Mediante el cual nos dejarían pasar hacia Borgoña y por el cual se comprometía a pagar un generoso Danegeld.

Por otro lado, también se comprometió, y cumplió, Ha hacer la “vista gorda” mientras los hombres de Siedfred saqueaban durante un par de días una parte alejada y pobre de la ciudad.

Fue terrible y casi más asquerosa que la batalla en sí. Mis compañeros, e incluso yo, matamos a campesinos para saquear y llevarnos sus baratijas y las miserias con las que mal Vivian. Mis camaradas violaron a toda mujer (y algún hombre) que tenian la mala suerte de toparse en nuestro camino.

A la hora de las violaciones yo marché bajo un enorme abeto que había a las afueras. Era un hombre viejo de cuarentaypocos años con el pelo del pecho encanecido, arrugas en los ojos, una visión ya defectuosa y aunque mis músculos aún eran fuertes, tras toda una vida con la espada en la mano y el escudo en alto ya no eran lo que eran. Tenia mil cicatrices en la piel y dentro del alma. Vi como violaban a mi madre y mi hermana y aunque me gustaban las mujeres la violación era un acto que, yo, era incapaz de cometer.

Bebía el fresco vino francés, recién robado de una pobre estancia,  tirado bajo un enorme abeto. Una joven parisina, una enemiga, se acercaba hacia mi. Parecía perdida, asustada, el vestido desgarrado a jirones. (probablemente escaba de la violación de alguno de mis compatriotas) joven, ojos verdes preciosos como el de algunas gitanas que había visto en las campañas de Castilla, los pechos parecían duros y turgentes, con toda seguridad jamás había amamantado a ningún bastardo Francés. Piernas largas y fuertes, acostumbradas a trabajar durante largas jornadas la tierra, el pelo larguísimo y negro, sorprendentemente limpio en comparación con lo roñoso del resto de su aspecto.

Yo no entendía su idioma, ni ella el mío. Le ofrecí una manzana, que aceptó rozando mis manos para cogerla. Yo empecé a naufragar en esos enormes ojos verdes. La miraba fijamente y supongo que con fiereza. Ella me miraba sin odio, a pesar de lo que acababa de pasar y de la certeza de que tal vez, yo intentara matar a su marido o a su padre. Le ofrecí vino, y al agacharse para recogerlo sus pechos quedaron cerca de mi mano. Su boca cerca de mi boca.

Me beso, metiendo su lengua dentro de mi. Primero me sorprendí, pero pronto me gustó. Me despoje de mi cinturón con la espada y dos puñales miserables, roídos y mellados. Apreté sus tetas con mis manos y desgarré lo poco que quedaba de vestido. Dejé un instante de tocar aquel cuerpo, duro como la piel de una liebre y terso como los músculos de un Halcón, para apreciar ese cuerpo menudo de pechos grandes para tan poca carne. Su pubis era tan negro como el pelo de su cabeza, escaso para una mujer joven.

La penetré sin preocuparme por nada más que por el placer que pronto sentiría. Ella saco mi miembro de ella y tumbándome sobre la hierba húmeda del bosque, con su lengua recorrió todo mi cuerpo, y puso saliva en todas sus heridas. Bajo y bajo hasta meter mi miembro en su boca, lo lamio, lo mordió muy ligeramente. Escupió sobre él y yo perdía el sentido entre sus besos y su pelo negro enredado en mis muslos. Eché mi cabeza hacia atrás y justo cuando pensaba que derramaría mi virilidad dentro de la boca de mi enemiga desconocida, ella se apartó dio dos pasos atrás y se tumbo en el suelo abriendo mucho sus piernas y ofreciéndome su sexo. Parecía húmedo.

Allí, tumbada, su pelo negro acariciaba el suelo, como si fuera la capa de Freya, creo que en el lugar en que reposaba su melena crecerían hermosas flores. Yo volví a perderme en esos ojos verdes de bruja, en esas pestañas increíbles que subían como queriendo alcanzar el arco irís. La penetré olvidándome de todo lo demás, de las batallas, de las guerras, de la miseria de una vida entre peleas que no me habían reportado más que dolor, la perdida de dos dedos en mi mano izquierda, mil heridas y malos recuerdos que jamás podré superar. Olvidándome del miedo. Olvidándome que era mi enemiga. Olvidándome de que me estaba acariciando, empujando mi cuerpo dentro del suyo, con un solo brazo. Giré un segundo mi cabeza a la izquierda, dejando de nadar en esos ojos verdes, y pude ver como donde estaba mi espada y mis dos puñales, había tan sólo una espada y un puñal.  En ese instante y en el mismo momento en que descargaba mi hombría dentro de aquella bruja  sentí un aguijonazo gigante, noté como una hoja poco afilada rasgaba mi piel, mis músculos y mis huesos. Mientras la sangre brotaba del lado izquierdo de mi pecho y mis ojos se cerraban pude ver como aquella bruja desconocida corría hacia las hogueras y su negro humo. Mientras se cerraban mis ojos se me antojó que esa melena negra al viento era la capa de  Hela.



miércoles, 18 de diciembre de 2013

QUÉ VOY A DESEARTE.?



Que sigas creyendo en los sueños y en las esperanzas abandonadas en el fondo de la caja de pandora. Que las estrellas que buscas las encuentres en mi mirada mientras escuchas mi voz y notas mi aroma cerca de tu pelo.

Que en tu copa siempre sobre un poco de vino,  que se llene tu mesa de peces y pan. De bexos tus manos.

Que en tu cama se repose sobre mantas de plumas, sueños y orgasmos, que descanses mecida entre los latidos de mi pecho, mil flores, mil besos y algún verso.

Que te ennoblezcan los años y dejen en tu corazón esperiencias, certezas y sueños cumplidos entre tus dedos.

Que reposes todas las noches, incluso en aquellas en que las estrellas andan solas, que te tropieces conmigo en tus sueños, jugando con el pelo que cae por tu cara, que me toques con mi recuerdo.

Que no florezca la sal en tus heridas, que quien tu más quieras siempre sople en ellas. Que tus pies caminen descalzos pisando la arena de cien playas desiertas de desesperanza y llenas de futuro

Que se claven mis ojos en tu mirada, que los recovecos de mi pecho sean tu almohada en las frías noches de invierno.

Que un ligero susurro de bienestar baile de puntillas por tus pestañas, mientras se clavan mis ojos en tu mirada como se clava la verdad y la razón en el tiempo.

Que el cartero de Neruda no pierda tus cartas ni sus sellos, que encuentres lo que buscas en aquel lugar en que habitan mis besos perdidos.

Que las estrellas vespertinas se engarcen en tu pelo y entre cintas de color índigo brillen en tu espalda, esa que desea recorrer mis dedos.

Que encuentres las caricias robadas, las perdidas y las que no te he dado. Que la risa, la sonrisa, de tus seres queridos recorra los pasillos y salones de tu casa, los bosques que pises y los ríos que saltes.


Que sigas aquí. Que sigas siendo y estando.