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jueves, 24 de abril de 2014

TAL VEZ SEA MOMENTO


Tal vez sea el momento de pactar las reglas del juego, de quitar la mejilla, de poder aunque no se quiera, de querer aunque digan que no podemos, (al fin y al cabo la fe, el querer, mueve montañas y araña corazones) de respirar despacio y aún con el corazón embargado y en bancarrota decir sin pudor que no en esos lugares engalanados con nuestro dinero en el que se debe gritar no.

Tal vez sea el momento de recordar lo que hizo tu lengua en mi cuello, de buscar tu aroma en mis manos, de que se nos olvide olvidar. De no echar sal en las heridas, de llamar rojo al rojo, de que mi pecho sea tu almohada y en ella tengas dulces sueños y sueñes conmigo. De que se claven mis ojos en tu mirada como se clava la verdad y la razón con el tiempo. De robarle un par de flechas a Cupido y lanzarlas a tu corazón.

Tal vez sea momento de robarte un pellizco y dártelo en el culo, de decir un coño fuerte cada vez que decimos cien avesmaria callando. De llamar peluqueros a los estilistas, cocineros a los restauradores, putas a las trabajadoras del sexo, ladrón a los usureros, carpinteros a los ebanistas y cariño a quien tú quieras.

Como siempre, ahora es tiempo de que sigas guapa y fresca, adivinando donde duele el tiempo y acariciando esa herida, darle el bálsamo que inventó tu boca. Tal vez sea tiempo de que sigas siendo y estando.

Tal vez, ahora, aún con la que está cayendo, sea momento de disfrutar de las hogueras que aún calientan y perdernos en el baile de sus llamas celebrando los besos dados. Tal vez sea tiempo de disfrutar que ahora es siempre ahora.

Tal vez sea momento de atrapar nuestras quimeras, de dormir con las ventanas abiertas y, con el pijama que dan tus besos, perseguir esos sueños aparcados en un rincón del sendero. De perdernos de los caminos que llevan al infierno. De perder juicios, incluso, o sobretodo, el nuestro.


Tal vez sea momento de apagar e irnos…… O tal vez de encender y seguir.

domingo, 6 de abril de 2014

TRES AÑOS DE AMOR



Lo he dicho más de una vez. Lo sé. Tal vez  ser padre sea eso; repetir las cosas. Hasta la saciedad, hasta que se entienda lo que quieres decir, hasta que se empape el mensaje como se empapa la lluvia de otoño en las hojas caídas.

Lo he dicho más de una vez. Lo sé. Llegaste, hoy hace justo tres años. Llegaste como la lluvia prometida y necesaria en los campos del Sahel. En los corazones yermos. Llegaste hace tres años, dejando atrás el invierno y con las redes de tus manos cargadas de sueños y  futuro.  Con los dedos repletos del hechizo que hace florecer de mil colores las flores, como el revolotear de mariposas en rizos queridos. Llegaste, hoy hace tres años, con tu sonrisa esplendorosa, con tus manitas apretando las mías, con tu cuello tieso y tu cabeza mirando arriba, queriendo comerte el mundo, incluso antes de inhalar el primer aire de aquel 7 abril. Llegaste como analgésico a las heridas de la piel, como bálsamo a las del alma. Llegaste, hoy hace tres años,  con el abracadabra que te hace saber que la felicidad es algo pequeñito y cercano. Trayendo la primavera y el porvenir entre tus dedos, las flores blancas que alumbran las cerezas que nacen en el valle del Jertes, y en Sant Climent.

Fíjate, en estos tres años te has transformado  en las huellas que encuentra el naufrago en las playas desiertas en las que se hunde su barco. En los extremos del hilo de Ariadna. En las piedrecitas que dejar, como migas de pan en el sendero, para encontrar el camino de regreso. En la cera que une las alas con las que volaremos tu y yo, hasta que puedas volar solo, cerca del sol. En el brillo de las Pleyades.

Ya ves, en sólo tres años te has convertido en la brillante estrella polar que  marca mi norte. En la colina empapada del agua que dará el arroz del mañana, la cosecha de fresa y risas.  Has venido a demostrar que cumplir años no está tan mal, que las arrugas de mis ojos y el blanco de mi pelo es tan sólo la certeza de que vale la pena vivir, estar vivo. Seguir.  Formar parte de ese circulo vital más viejo que yo, y que todo nuestro pasado.

Tal vez aún no sea el momento. Ya te explicaré. Pero no aprietes más de lo que puedas. Parpadea con fuerza, y no te preocupes;  por más que veas hay más por ver de lo que podemos. No cojas más de lo que des. No busques más de lo que quieras encontrar. No eches sal en las heridas de nadie, ni en las tuyas. Bueno. Aún es pronto. Ya seguiré. Tú hazme el caso que quieras. Tu madre y yo intentaremos darte mapas, brújulas, libros, partituras. Tú, ya decidirás. Equivocaque  mucho. Intenta solventar esos errores. Llora solo cuando toque, jodeté, disfruta, vive. Y cuando al final de los finales pienses que no hay nada, mira un poco más y, seguro, siempre estaré yo. Si caes en un recodo del camino sin duda mi mano estará cerca.

Tres años. Nada. Toda una vida para ti. Para tu madre y para mi. Tres años en las que no existen las noches frías porque cuando vienen los truenos y el hielo te agarras fuerte a mí y a los rizos de mama. No existe el frio porque veo en tus ojos mis travesuras y en tus manos las trastadas que sufrieron  y gozaron (con el tiempo)  mis padres intentando esconder las sonrisas que provocan esas ocurrencias. Repetidas. Mágicas.

Cumples tres años. aún no sabes leer, pero  te interesas por las letras y los números (más por los números para alegría de tu madre ) Ahora es momento de decirte que estas letras, sin números, quedan empapadas de un te quiero de los que no me callo, de los que no quedan prendidos en el aire como quedan colgados los sueños que no cumples. Mira, tan sólo un te quiero, que, tal vez entiendas cuando yo sea abuelo. Tal vez en ese momento entiendas que tenerte cerca es una sensación, sencillamente, indescriptible, como indescriptible es el beso deseado. Comparable, quizás, a la sensación que debe habitar en la sístole de un cazador de estrellas que se encuentra con Andrómeda rendida y brillando a sus pies, las acaricia para luego dejarlas brillar en lo más alto del cielo que alumbra tu sonrisa. Tres años con la misma sensación tras el esternón que debe de tener un pintor que descubre un color que tan sólo pueden ver los dioses. Que un pescador que se hace amigo y cena con Neptuno.

Te duermes exigiendo cuentos de lobos buenos. De manzanas perdidas que curan todos los males y heridas. Escuchando las viejas aventuras de Odiseo y Telemaco, imaginando en voz alta que somos el Ulises que puede tensar cualquier arco. Tú, cielo, tú eres un Telemaco ansioso por vivir por conocer, por saber, por entender, por tensar arcos y andar caminos. Por ser, vivir y estar. Un guerrero que deja en el vientre de sus padres más felicidad de la que jamás sabrás contar.


Tienes tres años y tu risa es un globo de luz que se acerca a los soles lejanos que alumbran mi camino y los aperos que necesito para hacerte feliz. Tres años en los que son las palmas de tus manos el milagro que siembra de pan y besos el futuro.  Tres años, en los que me has robado el sueño te has hecho dueño de mi tiempo y mis horas para demostrar que vale la pena que pasen los años….. Felicidades, muchas Felicidades Piccolo.

sábado, 29 de marzo de 2014

A UNA AMIGA....




Cuarenta, ya ves, es nada. Un momento en el tiempo, un momento sin más. Tal vez momento de seguir, de vivir de amar. Lo cierto es que somos jóvenes y hermosos, porque uno, venga como venga la partida, es joven y hermoso mientras se sienta así.

Y,  tienen algo los años que las letras, las palabras o los silencios que quedan pendidos entre la estrofa de una y otra poesía no pueden expresar. Tal vez, eso, esa huella vital tan sólo quede apuntada en esas bellas arrugas que el tiempo va dejando en nuestro rostro, como deja azúcar septiembre en las uvas, como deja luz el verano tras el sol vespertino y tardío.

Fíjate,  amiga, que el tiempo pasa y va dejando en el zaguán de los recuerdos, sonrisas, lágrimas, recuerdos, planes, alegrías. Años. Una maratón con el tiempo justo. Antojos por cumplir, palos por tirar, piedras que no han nadado en ningún rio, sueños por soñar, vinos bebidos, besos que no se han dado, abrazos en la sombra. Fracasos. Éxitos. Decepciones que encuentran la salida en el abrazo de un amigo, en las manos  del pasado, en los pies que van al futuro. Y, Fíjate, que a pesar de todo de los años siguen viniendo siguen, pasando…. Tal vez lo más importante, sean las sonrisas compartidas, las confidencias escondidas, la amistad sincera en esos rincones del alma que quedan agazapados en el baúl del tiempo, en la caja de los recuerdos, En las botas del porvenir.

Ya ves, amiga, sólo, cuarenta gotas de agua en la clepsidra de nuestras vidas, en los granos de arena que poco a poco, cadenciosos, pasan por el estrecho devenir de los momentos que nos abrazan, que nos molestan, que nos sonríen, que nos motivan a llorar, a reír, a agitar las manos. A vivir  al fin y al cabo. Un precioso momento para volver a mirar atrás, para respirar. Seguir y andar. Para suspirar con la certeza de que queda mucho por vivir y que todo va a ir bien.

Mira, amiga, mira que tiene el tiempo, como mínimo, cuarenta sonrisas. Cuarenta sombras. Cuarenta heridas. Cuarenta luces. Cuarenta motivos para no contar los años y mil para contar las circunstancias que hacen que tiemble nuestro corazón, que naufrague nuestra voluntad, se pierda la intensidad de nuestras convicciones. Cuarenta amaneceres. Cuarenta ladrones sin pistas para encontrar la luz tras la negra noche. Un hilo de Ariadna que nos sacará del más oscuro de los laberintos.

 Fíjate, amiga, que en los brazos de tus amigos. De aquellos que te quieren, que aún no  son  tan viejos ni tienen los brazos muy cansados hay un hueco para la esperanza una lumbre refulgiendo por si hace falta y se hielan tus manos. Un abrigo para los días de frio. Un paraguas por si llueve. Unos labios dispuestos a soplar en las heridas. Una brújula por si pierdes el norte. Un abrazo. Y, tal vez, la vida sea una bachata, un baile en el que moverse sin dudas ni vergüenza ni miedo en los pies. Un baile que bailar descalza.

Fíjate, amiga, que tal vez  la vida no sea más que el castañear de la estrella que te mira cuando no duermes sola. Que el hombre que te ame descubra que el mejor tiempo es el que pase contigo. Respirando tu aire. Enredado en tus manos. Cepillando tu pelo.


viernes, 21 de marzo de 2014

UN POCO DE SEXO

Recién entraba en nuestras vidas, y en el planeta, la década de los noventa, caía la tarda sobre el mediterráneo como cae la luz sobre el monte parnaso. Tras el humo del cigarro que fumabas entre trago y trago de la cuarta cerveza se veía el veneno de tu pelo negro y rizado, ni largo ni corto. Radiante. Tu sonrisa y tus ojos de mujer que se deshace en sueños cada vez que recuerda aquello que hace temblar su entrepierna. Estabas guapa, muy guapa, sin excusas ni evasivas. Guapa sin más. Pizpireta y feliz.

 Mientras las olas del mar, cerca de nosotros acariciaba los millones de granos de arena inertes sonaba la recién estrenada canción “Veneno en la piel” de Radio Futura. Y como si ya supieras de memoria esa canción, en el momento indicado soplaste espuma de cerveza sobre mi nariz. Sonreímos. Prodigabas tu sonrisa con esmero, como en la canción, y lo cierto, es que me dio por pensar que querías ponerte el disfraz de bruja pecadora…. Recogí ese guante.

Saqué un boli y cogí una de esas servilletas, que más que limpiar tu cara arañan tu piel, mientras te miraba escribí sobre el papel; “-Estas muy guapa-” te pase el papel y el boli mientras volvía a beber de tu cerveza, (la mía se acabó hacia rato y sobraba el camarero a nuestro lado) “-tú también-” devolvía el papel. Me tocaba escribir “-de que color es tu ropa interior-”. “-de verdad te interesa?-“ devolviste escrito en el papel. Te miré a esos ojos de muñeca feliz y asentí con mi cabeza y mi mirada. Mientras emborronábamos de tinta azul la servilleta con su reborde rojo, el mundo seguía girando.

Éramos jóvenes y hermosos, lo éramos porque uno siempre es joven y hermoso mientras se siente así. Busqué entre mis manos y tu pelo intentando buscar algo ocurrente que escribirte en esa servilleta cada vez más emborronada. Tus labios me dieron la idea. – voy al baño dijiste. –“llévate mi reloj, cuando el minutero marque 23 abre la puerta con tu ropa interior en la mano, así veré su color-“ te  escribí en la servilleta que te di junto a mi casio con calculadora. Tu cara y tus ojos se iluminaron entre incerteza y pasión. Yo temblé un segundo por dentro. Esperaba tu reacción. Cogiste la servilleta, la guardaste en el bolso. Cogiste el reloj, - ahora marca y 21…. Tienes 120 segundos- y te marchaste moviendo un culo de pantera hacia el baño. 

Me sentí ridículo contando en voz baja hasta 120. Golpee la puerta del baño de aquel bar medio vacío. Sonaba “y no amanece” de los secretos. Abriste con los tejanos colgados del tirador, una minúscula braguita negra en tus manos que depositaste en las mías. Preciosas dije mientras nos fundimos en un beso, escondidos en aquel lavabo, agarré tu culito, besé tu lengua, tu pelo, tu cara, tus ojos. Mordí tu lengua. Bajé mis manos a tu vientre y algo más abajo introduje mis dedos notando aquella bendita humedad. Tu entrepierna mojada y la dureza de la mía pararon el planeta y su eterno giro. 

 Nada de lo que pasará fuera de ese pequeño y ajeno espacio de apenas tres metros cuadrados importaba. Tan sólo tu saliva bailando con la mia. Me sentaste en el único lugar en el que podía sentarme. Bajaste en cuclillas luciendo un excelente equilibrio y forma física. Tu boca absorbió mi virilidad, mi hombría entraba en tu boca y salía brillante y reluciente del camino húmedo que allí dejabas. En esa postura me mirabas y parecías una bruja buena, una especie de diablesa que sabe lo que quiere y que es capaz de conseguirlo. Parecía que quisieras robar el color de mis ojos. Que durmiera en ti la pasión y que se hubiera despertado hambrienta en el minuto 23. 

 Yo estaba a punto de dejar algo en el interior de tu boca, pegado a tu lengua. Justo en ese instante dijiste. Espera. Espera. A mi ya no me importaba que alguien fuera pudiera escuchar (improblable, porque What it Take de Aerosmith inundaba el aire). Te levantaste y frente a frente te sentaste sobre mi. Una joven valkiria morena cabalgando, descontrolada y gimiendo. Suspiraste arqueaste tu cuerpo hacia atrás. Yo dejé de pensar de controlar, de intentar que mi lluvia blanca no inundara tu interior. Dos pequeñas muertes tuvieron lugar en ese inusual lugar. Sonreíste. Sonreí. Dejaste tus braguitas en mis manos te pusiste tus tejanos y saliste diciendo. Espera unos segundos para salir. 

 Cuando llegué a la mesa habían dos nuevas cervezas. El invierno seguía su curso, la guitarra de Joe Perry seguía rasgando el viento, yo tenia el sabor de tu piel y tal vez de tu dolor en mi lengua. Tú sacaste del bolso la servilleta manuscrita con una letra tan preciosa como tus dedos de uñas rojo intenso y con mis garabatos. Con sonrisa de diablesa la guardaste en el bolsillo de tus tejanos…… ¿Cuánto tiempo estaría allí guardada?

sábado, 1 de marzo de 2014

AHORA QUE ES TIEMPO DE DISFRACES.




Una vez más, como cada año, el Rey Carnestoltes, precediendo la austeridad y la penitencia de la cuaresma cristiana, viene con sus sonrisas y ungüentos que curan heridas del alma, dándonos órdenes de cómo vestirnos. Nos indica a susurros inaudibles que nos quitemos los trajes y corbatas de siempre, los vestidos de reuniones interminables, la bata de trabajo. La monotonía al fin y al cabo. Nos dice que nos vistamos distinto, que soñemos lo que queremos ser, y nos vistamos de nuestro sueño. Que lo vivamos, aún en el corto tiempo que dura el sonido de una nana en el oído de un pequeño. Y la verdad, se me ocurren muchos disfraces con los que vestirme.

Tal vez de la  botella vacía que queda tras una tarde de charla, conversaciones y besos. O del mensaje que podamos dejar en esa botella pidiendo un mundo mejor, más humano, más amable. De la ola de tu Mediterráneo que moverá esa botella y su mensaje hasta las palmas de tu mano. Ponerme, quizás, la mascara que es el eco de tus labios cada vez que marchas diciendo que me quieres, que dejas un beso prendido en la mesita y bailando en mis labios.

No estaría nada mal ponerme la ropa del oscuro vértigo que resurge cada vez que salto entre tus pestañas o, tal vez, de la gota de sudor que recorre tu columna para acabar su camino allá donde acaba tu espalda y en su culotte negro cada vez que mis dientes muerden tu cuello y un escalofrió recorre tu nunca.

Quiero ponerme el antifaz del arañazo en tu espalda, del hombre que habita en tus sueños y sabe hacer el fuego primigenio para darte el calor que necesita tu pecho. De la estrella polar que marca tu norte y mi sur. De las manos y los dedos que se entrelazan entre tus brazos y las flores vespertinas que recoges al atardecer. Del sueño sexual que hace que despiertes jadeando en las  noches de cuarto menguante. De la postal que recibes cuando mi cuerpo está lejos y mi ausencia cercana. Del pirata que te secuestra y te lleva por mares lejanos y fantásticos, lejos de los folios y números diarios y te besa en playas sin normas. Del vampiro de capa negra que muerde tu cuello, de aventurero en tus sueños, del canalla impenitente que te hace estremecer.

Y, fíjate, que seria interesante ponerse el disfraz de la puerta abierta a la esperanza a los días que vendrán, de la ventana sin cerrojos que deja pasar el aire fresco. De tu mejor canción, de la poesía que aún no te he escrito. De la vibración de tu voz recitándome al oído poemas de Omar Kayamn. Del susurro que queda pendido en el aire cada vez que dejas de decirme un te quiero. De blues acompasado a tus pasos.

De suicida por amor que se arrepiente. Justo, un segundo antes de saltar y encuentra soluciones en tu cama. De la estrella que brilla en tu dedos, de las constelaciones y las pleyades que recorren tu espalda.

Buscar entre los cajones del ayer y los cachivaches que por ahí andan guardados material para hacerme el antifaz veneciano del carmín de tus labios, el perfume en tu cuello, la prenda que tapa tu culito, los zarcillos brillantes  que adornan tus oídos. Del hilo de Ariadna que te muestra la salida de tu laberinto. Del arco tensado de Ulises. Del ascensor en el que te quedas atrapada, de las promesas que no cumplí. De la lluvia que empapa tu pelo.


Ponerme esa ropa que me trasformaría, aún por unas horas, en el avión que te trae de vuelta a casa, no a cuatro paredes, a esa casa que habita en tu corazón. El bombón de licor que explota en tu boca. Del lugar al que volver, del sitio donde quieres estar. De demonio bueno, con alas de ángel. O disfrazarme, ya ves, de la paz que anida en los rizos de tu pelo.

miércoles, 19 de febrero de 2014

UN NIÑO CAMINA EN EL DESIERTO.



Casi cada mañana nos despierta el café, tras las primeras luces del alba, con dolor y tristeza, con noticias que parecen resbalar por las endurecidas pareces de nuestro corazón, a base de contemplar miserias a través de la aséptica pantalla de plasma y leds de nuestros televisores de cuarentaypico pulgadas. Pulgadas y destellos de luz que no hacen más que alejarnos del viento, del susurro que recorre las hojas de las copas de los arboles que tan lejos nos quedan, que nos alejan al fin y al cabo, del brillo de las estrellas, de la oscuridad de la noche y de la vida.

Yo, fíjate, sigo sensible al mal ajeno. El otro día no pude evitar que lagrimas de rabia y de un dolor ancestral recorrieran mis mejillas, justo antes de dar el primer beso de la mañana a mi piccolo motivo de ser y de estar. No pude evitar que mi puño se cerrara en si mismo con ganas de golpear algo o a alguien.  Lagrimas que entristecían mi cara, humedecían mis ojos y mis mejillas al ver la imagen de Marwan. Un niño de cuatro años, Sirio, victima de una guerra que no conoce, que no entiende, que es incapaz de comprender en su mente infantil, en su alma de joven Ángel.  Victima de la guerra que azota la tierra en la que el destino le hizo nacer. No sabe, claro está,  de normas ni fronteras (y tristemente muchos   se empeñan en hacer fronteras donde yo pondría puentes y poesía…..), no sabe el joven Marwan, como decía, de motivos ni razones para la violencia, de las causas por los que alguien cambia un clavel por un fusil, no sabe del porqué el no juega. No sabe ni tan sólo porqué huye. No sabe porqué huye de un presente que no le sonríe. No sabe del lado de quien caminará hacia un futuro que parece muy cierto, muy gris y muy triste. Victima de los adultos de allí donde nació, y en cierto modo también victima de mi y de ti que me lees con un vino en la mano o en móvil mientras esperas que el semáforo se ponga verde. Victima, en definitiva, de la pasividad, de la aceptación de que podemos tolerar que miles de personas acaben refugiadas en cualquier campo de cualquier desierto. A la sombra de cualquier esperanza.

Andaba entre Siria y Jordania. Sus padres huían. Huían de un presente sangriento, de una guerra, que como todas está organizada por generales con medallas, palacios, buena carne y toallas de lino blanco, generales  que jamás se manchan las manos ni cavan trincheras. Esos padres, como yo haría, intentaron ofrecer algo más a su hijo, ofrecerle otros nidos con paja más cómoda, un lugar en el que crecer, en el que ser feliz, en el que no morir de un tiro en la frente o de hambre o de miseria.Un lugar en el que existir, en el que el cansancio debería llegar tras una tarde de risas y besos, no de una jornada de hambre y miedo. Decidieron atravesar el desierto. Atravesar un desierto. El pequeño Marwan se perdió, (y no importa si atravesó sólo el desierto, o si tan sólo estuvo desamarrado de la mano de su padre unas horas…..)

Creo que la arena de ese desierto temblaba de rabia y se encolerizaba a cada paso que esos pequeños pies que deberían de calzar un 27 ó 28 pisaban, junto a su desilusión, a su falta de juguetes, al acorralamiento de su futuro, a sus ojos tristes, al futuro sin lugares ni promesas, a los escombros de su poco pasado, las dunas que difícilmente le llevarían a un lugar mejor. Temblaba esa arena y temblarían los antiguos dioses mesopotámicos, si es que en algún momento existieron allá en ese lugar. Anshar llora impotente en el cielo primigenio y se pregunta si fue correcto dejarnos libre albedrio.

 Ismael Serrano, en una preciosa canción y hablando de otro desierto, pero que para el caso es este desierto, es esta historia, es esta desilusión que debería atenazar la sístole de todos los que nos queda una brizna de humanidad en la diástole de nuestros corazones, algo así como: “No digas que aquí hay silencio, podrás decir que no oyes,….”  Es cierto. No hay silencio, yo escucho fuertemente como Marwan, y tantos Marwan desconocidos gritan, no sólo de sed y de hambre. Gritan de desconsuelo, de falta de futuro. Oigo como sus sonrisas anhelan una caricia en el pelo, una cometa brillando al sol, un coche que no sea una ambulancia que les lleve a un derruido hospital. Oigo como desean lluvia que limpie y les traiga futuro.

No hay silencio, no debería haberlo. Si un niño de cuatro años, ha sido capaz de atravesar un desierto con una bolsa de plástico en la que guardaba, más celosamente que pandora su secreto, sus ilusiones, sus esperanzas, sus pocas posesiones. Un trozo de trapo con el que amarrar, no tu pelo, sino sus sueños, con el que taponar las heridas que le traiga la noche, el sufrimiento de las horas andando. Una bolsa de plástico en la que seguro que habita la promesa de un mundo mejor, la frágil certeza de que tal vez mañana ningún Marwan recorra ningún desierto huyendo de ningún lugar. Nosotros deberíamos de ser capaces, al menos, de levantar nuestro dedo y nuestra voz, deberíamos de ser capaces de decir que no estamos dispuestos a tolerar que esto pase. Deberíamos de ser capaces de gritar que NO,  no toleraremos que esto suceda como suceden las cosas normales, como sucede la noche al día, como pasan las cosas que deben de pasar. No. Simplemente No. Un niño anda en el desierto, perdido, o no, eso qué más da?, y nosotros, nosotros donde andamos que permitimos que eso pase? . No tengo repuestas. Lo siento. No las tengo

Disculparme, pero en ocasiones necesito   reconciliarme con el mundo…. Y se me hace muy difícil, mucho, y más viendo como los dirigentes del país en el que las parcas me han dado a nacer deciden suprimir la justicia universal.




viernes, 7 de febrero de 2014

Y SI SE PUEDE?

Hace muy poco fallecieron CONCHA CARRETERO y NIEVES TORRES. 95 años de vida vivida, luchada y bebida como sólo saben hacen las personas grandes. Esas que tienen una enormidad en el alma y en el cuerpo que hace que algunos nos sintamos pequeñitos.

 Ambas compartieron celda en 1939 con las trece rosas (representación, aún hoy día, de la represión Franquista. De la representación que ejerce el poder sobre los débiles). ellas, Concha y Nieves, tuvieron algo más de suerte, conmutaron el fusilamiento en la tapia, teñida de manchas de indeleble rojo sangre, del cementerio de la Almudena por cadena perpetua. 

 Por fortuna el antiguo régimen acabo, y ellas siguieron luchando. Un año antes de su muerte Concha decía, en un homenaje, que los jóvenes de ahora están como los de la posguerra, “sin derechos, sin empleo, sin futuro, al capricho del patrón” Invitaba a los asistentes a “defender nuestros derechos y nuestra libertad”. Pero hay una diferencia, ell@s lucharon. Literalmente. Nosotros parece que no. Y seguimos, cada vez más, al albur de los caprichos del patrón (qué más da que antes fuera un señorito en el campo y ahora un seudoejecutivo con corbata?) y no digo que tengamos que tener una guerra trabajadores contra empresarios. Doy por hecho que la mayoría de unos y otros actúan con dignidad y seriedad. Pero no todos. A estos que no lo hacen el poder político y las leyes cada vez le facilitan más ser unos impresentables y abusar de la necesidad de trabajo, de comida, de techo de los que menos tienen. 

 Y aquí seguimos dejando ver pasar la vida y hurtar nuestros derechos. Encantados con que empiecen a rodar Torrente 5 y con que Belén Esteban se haya metido a escritora. Aquí estamos sentados en sofás esperando a que una ola con sirenas en su interior arregle nuestros problemas. Es cierto que en ocasiones hemos llenado las calles y trasformado en ágoras de sueños y esperanzas las plazas y algunos mercados. Es cierto. Pero no es suficiente. Tal vez se han tenido pequeñas victorias como en Burgos evitando que hicieran el caro y desastroso bulevar que pretendían. O como en Madrid y su marea blanca que ha evitado, por ahora, la salvaje privatización que se pretendía. Y eso hace pensar que tal vez si se pueda. Tal vez si. Nieves Torres, siempre hacía mención a la falta de odio y de rencor incluso hacia aquellos que la torturaron y rompieron a golpes y patadas su cuerpecito de hembra guerrera. Sobrevivió. Y nos ha dejado un importante legado. “ A veces hace falta tocar fondo para renacer y aprender a vivir en paz”, Decía. Es verdad, y creo que aquí ya hemos tocado fondo. Tal vez sea el momento de empezar a recuperar lo perdido, y una vez recuperado olvidar odios y rencores. Vivir en paz. Dos mujeres, dos guerreras, con esa fuerza que tan sólo pueden tener personas especiales. Discursos y actitud ante la vida que, al menos a mí, me hacen sentir un orgullo ajeno y una vergüenza propia. Dudo que algún familiar de una u otra lea este post, pero si lo hacen recibid un abrazo de mi parte. Estoy seguro que tanto Concha como Nieves deben de andar por ese paraíso que tenemos los ateos. Brindad con los míos. Permitirme que acabe este post con una frase robada a Concha Carretero. “No pasaran y si pasan no les hablaremos.”