Seguidores

martes, 2 de septiembre de 2014

HAY PERSONAS.



En nuestras vidas nos vamos topando con personas, hombres y mujeres con las que de un modo u otro acabamos compartiendo retazos de vida, trocitos de cielo, experiencias, heridas, trabajo, momentos trascendentes, cambios. O, tan sólo, un simple café y un sencillo buenos días. Personas, que de un modo u otro van forjando nuestra manera de ser, de comportarnos e incluso de mirar. Claro, cada uno es como es y cada cual vive la presencia de otros como puede o quiere.

Hay personas que marchan de nuestra vida como lo hace la huella de un niño dejada en la arena  a la orilla del mediterráneo. Arrastrada por la fuerza de las olas del destino. Sin dejar marca ni rastro. Como si nunca hubieran existido, sin dejar tras de si  ni una historia, ni un presente, ni un pasado ni un leve recuerdo. Ni tan siquiera un susurro de lo que se compartió, de lo que se vivió.

Las hay que enraízan en nuestro cuerpo como enraízan los jazmines en verano trepando en tus sentimientos como el olor de esta planta enredado en tu pelo, que arraigan en el esternón como  los olivos al sol del sur. Dejando su esencia en nuestra espalda, su eterno recuerdo entre los dedos, su memoria perenne como las hojas de las acacias. Algunas de estas también acaban desapareciendo o alejándose de nuestra presencia, pero lo hacen del mismo modo que va escapándose el agua que habitó en el hueco de tus manos; Sin que medie tu voluntad, sin que tú quieras que marchen.

Algunas quedan por siempre acompañándote en el camino. Dejándote, si es preciso, sus zapatos, porque hace mucho se pusieron en los tuyos. Sufriendo tus males, riendo tus risas, alegrándose por tu felicidad y por las golondrinas que revolotean por tu cabeza. Esas que siempre están en los taquígrafos que escriben tu biografía, en las luces que la alumbran y en las sombras que la ennoblecen. Esas,  aún lejos, están cerca porque así lo sientes, porque lo notas en los huesos como se nota la tormenta. Las que no preguntan, bien porque saben la respuesta, bien porque no les importa. Esas que han conocido, que conocen, tus heridas y han sufrido cada una de ellas y soplado sobre todas. Las que enmarañan sus manos con las tuyas y andan tu vereda.

Algunas personas, aún desapareciendo, dejan tatuados en nuestra piel un precioso e imborrable recuerdo similar a esas formas que los orfebres cordobeses daban a las filigranas de sus zarcillos. Dejan una impronta que se transforma en sonrisa cuando tu cabeza loca, a la que se le olvida olvidar, trae su recuerdo a tu mente.

Hay personas que aman como quien hace piezas en una fabrica o limpia un baño ajeno; a disgusto, sin ganas, “porquetoca”. Las hay que lo hacen como un gato salvaje y hambriento perdido en un bosque  o como las gacelillas que buscan  agua en la sabana africana, con fuerza, pasión desatadas, con tesón, sabiendo que lograran lo que buscan.

Las hay que mientras tu abres los ojos abren sus manos, sus brazos, para que te cueles dentro y nunca soltarte, para arroparte, arrullarte como el que arrulla a un niño helado y adherido de frío.

Algunas personas (las que más) pasan sin pena ni gloria, ni frío ni calor, desabridas, triviales, intrascendentes. Inexistentes. Con el único interés de ser olvidadas aún antes de que su desagradable olor abandone nuestras narices.

Otras, como si quisieran nivelar  la balanza universal, son imprescindibles en tu existencia, en los años de tu senda y quedan, como un buen aroma en la ropa limpia, envueltas en tu vida. Esas que cuando se requiere nos recuerdan lo que ya decía Benedettí :

No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma
Aún hay vida en tus sueños.

Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo
Porque lo has querido y porque te quiero
Porque existe el vino y el amor, es cierto.

Porque no hay heridas que no cure el tiempo.

viernes, 22 de agosto de 2014

NO SÉ QUE REGALARTE.



Fíjate que pasa el tiempo y el tiempo llega y el tiempo sigue. Ahí es nada 50 años. Yo, ya ves, sigo sin saber que regalarte. Y mira que he andando buscando. Por las calles, por los recovecos de mi memoria, por viejos badulaques con cachivaches sin nombre que no sé “paque sirven”.

He buscado por las estrechas y luminosamente oscuras calles del Born, por ver si allí encontraba la voz de un Ángel que te susurre al oído el camino de regreso, por si acaso algún día te pierdes. (lo dudo, pero nunca se sabe) Y, oye, no la encontré. No al menos la voz que me hubiera gustado. Intenté encontrar también la luz de una estrella brillante y Vespertina. De esas que marcan ese Norte que tan claro tienes donde está, Pero haciendo honor a la verdad, esto no supe donde adquirirlo, comprarlo o robarlo. No hallé donde pudiera conseguir estrellas vespertinas.

Busqué también un camino, lo que queda del camino, sin piedras ni espinas. Una vereda que se encamine a un mar sin tormentas ni sargazos. Para esto pregunté a un amigo ingeniero de caminos y me dijo que no lo encontraría porque todos los caminos, tarde o temprano, acaban teniendo espinas y recovecos oscuros imposibles de iluminar. Desistí de esa idea. No sé. Sólo cabía la posibilidad de seguir buscando.

Fíjate, que aunque me sienta muy cómodo en mi figura del más grande de mis hermanos, de haber tenido un hermano mayor me hubiese gustado que fueras tú. Y, claro, como hacen los hermanos mayores, y la buena gente ha sido importantisima tu ayuda para no hacerme daño, para no hacerme mucho daño quiero decir..... Tal vez con tus 50 sea momento de agradecer que, aunque no sea ni tu estilo ni el mío, me enseñaras a guardar la ropa al nadar, a callar algunas cosas, por los coños fuertes evitando los avesmaria callando. Gracias por la calma que nunca tuve, por los puntos en las ies, por la cama y el pan  cuando hizo falta. En definitiva por ser y estar.  Siendo esto así, no quedó más opción que descartar la corbata, el libro de historia, el bolígrafo o la camiseta de color verde.

Pensé también en un vino que no se acabara, pero me dijeron que todas las botellas acaban vaciándose. Un libro que se vaya escribiendo mientras tus ojos leen. Un reloj sin tiempo. Unas botas con alas. Un Ángel de la guarda y buena compañía. Una risa en la que caerse. Una luz que de en tu cara. Mil discos de vinilo de Gardel, de Cohen o los primeros de Sabina. Una primavera de 10 meses. Un punto de partida. La llamada que esperas. Mariposas en tu estomago. Un pecado por vivir. Un nudo gordiano que deshacer. Viento  vino y Pan.


No te imaginas lo difícil que es encontrar nada de eso. Intenté conseguir una llave que abra todas las puertas cerradas por la incertidumbre y selladas por lo que creemos que son certezas inmutables. Tampoco fui capaz de hallarlo. Finalmente, la voz de un Ángel me trajo la inspiración arropada por notas musicales y acordes de guitarra. UN BAÚL. Este es el regalo. Aquí está un baúl en el que guardar recuerdos y sueños. Retazos de vida, la memoria de los viajes, viejas fotos y nuevas miradas. Un Baúl en el que guardar los abrazos de C. y las felicidades que nacen en mi sístole y que con estas letras te envío.  Las enhorabuenas de E.. Aunque me temo que todo eso no cabrá en el Baúl.

lunes, 11 de agosto de 2014

AGOSTO EN MI CIUDAD


Andan las oficinas medio vacías, como pidiendo auxilio. Los bares más llenos de lo habitual, sonriendo y ofreciendo felicidad durante un ratito por unos euros, u olvido, o lo que precises. Vuelan las bandadas de palomas más bajo y más despacito, como si no tuvieran miedo ni prisa por llegar al parque en el que nuestros viejos igual de cansados, pero más morenos les darán su ración de pan a cambio de su porción de compañía.

Duerme la ciudad, como la princesa que pinchó su corazón, su dedo corazón quise decir, con una rueca. Permanece algo entumecida como el príncipe de ojos azules y “bienpeinao” que se sabe destinado a besar a la princesa. Pero que preferiría besar a ese chulazo que recuerda de la universidad y del barrio, ese que tenia los ojos más bonitos y diabólicos que jamás pudieran soñarse, ese que también leía a Neruda, ese que se encontró en el Parnaso. En el Bar Parnaso quise decir, aquel día en que ambos disimularon haberse visto.

Mi  ciudad anda medio dormida y medio desnuda. Sus calles sigan llenas de banderas que no entiendo. Ahora, está también llena de banderas multicolor que hondean libres y que si que entienden. Entienden de libertad, de vida. De juego y sexo. De vivir y dejar vivir. De fiestas y responsabilidades. Entienden, al fin y al cabo, que vida sólo hay esta y que no está para perderla en banderitas.

Permanece la ciudad sólo medio dormida, como si aún no hubiera terminado de hacer las maletas. Sólo medio desierta, agazapada como esperando una gran noticia o el último abrazo. Hay menos gente en sus calles y a pesar de que la humedad se enseñorea en los huesos, se puede respirar. Pasear en moto. Andar por ella y hollar sus calles con descaro como quien toca el culo a esa chica pizpireta que te lo ha pedido con la mirada.

Y tal vez ahora, en agosto, sea cuando Satán escribe sus memorias y deja el calor de su infierno en nuestras calles. Pero ahora la ciudad está casi deshabitada, vacía. Fíjate, será que aunque cerca no estás aquí. Suerte que esta noche hay una enorme luna llena y los dos veremos la misma.
Estas calles vacías parecen brindarnos la oportunidad de buscar la inspiración para estas letras. (Y tal vez encontrarla como la encontró Catulo, escribiendo en su seudónimo de Lesbia cosas como
"Dame mil besos, luego cien mil;
luego otros mil, luego otros cien mil;
luego hasta otros mil, luego cien mil.
Después, hechos ya muchísimos miles,
revolvámoslos, para que no lo sepamos nosotros,
ni ningún malvado pueda mirarnos con malos ojos,
cuando sepa cuántos besos nos dimos."

Como decía, parece la ciudad invitarnos a encontrar la inspiración o la ocasión para perdernos un rato con el único sonido del ronroneo del motor. Con la única compañía de un vino blanco y fresco en el que encontrar las musas, el arrebato que me lleve a garabatear en una servilleta de papel estas palabras.


martes, 22 de julio de 2014

UNA VEZ MAS ESCRIBO LLORANDO.


Una vez más escribo llorando. Se mezclan las lágrimas de dolor ajeno y propio con las de rabia, las de impotencia, las de vergüenza. Vergüenza por saberme parte del genero humano que es capaz de situar el futuro de terceros en vertederos, en escombros en los que jamás lucirán las estrellas ni brillará la luz.
Mueren niños en Gaza.

Así de crudo, de real, de asqueroso. Y poco me importa que sean palestinos, judíos o de Huelva los niños que mueren. Poco me importan los motivos, ni las causas, ni si allá por 1948, tras la declaración del estado de Israel, este Viejo/nuevo país fue invadido por Egipto, Siria, Irak, Líbano o el mismísimo demonio. No puedo entender, de verdad, como una banderita, un trapo de un color u otro, un trocito de tierra, una franja más o menos de esta tierra que creemos nuestra ( y vivo en un lugar en el que desgraciadamente mucha gente se enfunda en una banderita de colores para creerse mejor que el vecino de al lado o tener mejores o diferentes derechos) pero como decía, No  entiendo como nada de esto puede justificar o amparar siquiera remotamente tanto dolor y angustia.

Que más da que una franja de tierra este algo más acá o más allá qué más da!! Seguro que ambos bandos tiene, creen tener la razón, y tanto en un lugar como en otro existen sabios y justificadores de la atrocidad y los asesinatos. Sobran Sofismos y armas para imponer una u otra idea. ¿Dónde empieza la defensa? ¿Dónde empieza el ataque? ¿hasta qué barbaridades podemos llegar para defendernos?

No voy a entrar en lo desigual de la lucha, y en el innoble acto por el cual, con más o menos motivo, uno de los mayores y más preparados ejércitos del mundo lucha contra un ramillete de “seudoguerreros” que atacan con piedras, palos y armas obsoletas y viejas. Para hacer daño hace falta poco. Para extraviar la sonrisa hacia las lagrimas hace falta muy poco, la paz es frágil y el cuerpo también.

Todos hemos visto, entre trago y trago, las imágenes de niños llorando por sus padres muertos en los escombros de sus casas. Su futuro destrozado y perdiéndose como se pierde el pequeño hilo de agua  del diminuto riachuelo de la esperanza en un gran mar de confusión. Niños llorando. Niños sufriendo, sangrando, muriendo. Muriendo sin haber vivido, sin saber que pasa, sin saber que sucede

Niños que deberían volar cometas. Jugar a la peonza. Soñar. Jugar a imaginar que el camino que fabrican sus canicas sobre la tierra que pisan, es el camino que marcará su futuro, el que resolverá sus dudas. Canicas que guardaran en un frasco de cristal y sueños y que deberían de dejar en las calurosas manos de sus madres, para que las guarde antes de acunar sus cuerpos y arrullar su pelo. Niños que mueren en Gaza.
Niños que no conocen los motivos que llevaron a sus hermanos mayores, a sus padres, ( a los que obviamente admirarán) a “atentar” en defensa de unas tierras robadas o de unas ideas que no comprenden (debo admitir que yo tampoco y me cuesta simpatizar con las ideas de los extremismos islámicos, judíos, cristianos o cualquiera que sea) Niños que no comprenden el motivo por el cual un Dios exige que se mate en su nombre.  Religión que no han elegido, y que al parecer les mata.

Intento apartar los ojos, pensar en la comida, o en los besos que aún debo dar, pensar en otras cosas. Ya ves, no puedo ni apartar los ojos ni evitar su humedad. No encuentro en mi memoria ni en ningún diccionario palabra alguna para describir algo tan obsceno, impúdico, pornográfico asqueroso y atroz como la muerte de un niño. (vi, entre otras imágenes, a un hombre recogiendo en su regazo al cuerpo sin vida de su hijo de tres años………. Yo odio odiar y no hay lugar entre mi sístole y mi diástole para ese sentimiento, pero todo tiene un límite. Soy padre. Y yo, también odiaría…..)


Estoy cansado de ver como el futuro deja de existir y se pierde regalimando en forma de sangre por los cuerpecitos de unos ángeles que pierden las alas aún antes de haber iniciado el vuelo.

miércoles, 9 de julio de 2014

FIN DE UNA ETAPA.


Howard Hendricks, decía que ; “la enseñanza que deja huella no es la que se hace de cabeza a cabeza sino de corazón a corazón.” Seguramente sea cierto, yo que sé…. En todo caso, si sé que un padre, una madre, lo que desean es lo mejor para su hijo. Que su hijo sea feliz y que allá por donde pase pongan música, flores, y un buen sendero y unas buenas botas para recorrerlo. Las primeras botas. Que pongan luz a sus noches y sueños en su pecho. Siendo, como son tan pequeños, y, siendo como es tan compleja la vida, dejamos parte de esa responsabilidad en terceros.

Fíjate, yo estoy muy contento de la decisión que tomamos hace un par de años y que de aquí a muy poquito acabará. Acabará como todo acaba, incluso las cosas buenas, sobretodo las cosas buenas. Siempre quedará un recuerdo y muchas anécdotas y sonrisas y cuentos y magia que quedará prendida en las clases de esa guardería.

Lo cierto es que del mismo modo que no se puede dibujar el mapa del tesoro con un power point ni escribir las indicaciones de un buen camino en times new roman hay cosas que no pueden enseñarse a un niño si no se le pone a los conocimientos académicos, técnicos, una inconmensurable vocación, cariño, un enorme entusiasmo. Si no se pone a esa primera enseñanza, al fin y al cabo, un trozo de corazón. Gracias por haber puesto esa vocación, ese cariño, ese entusiasmo y ese corazón.

Gracias, muchas gracias, por los vuelos de paloma en las manos de mi hijo, por las risas y las tardes y las mañanas antes de hora. Por el ingles enseñado y, sobretodo, por la educación aprendida. Por los besos a las nueve menos algo.

Imposible, tras el final de esta etapa, que tal vez se olvide, o que tal vez no, agradecer la rodona i el color vermell.  Los sueños e ilusiones. Los  cuentos. Los cimientos recién puestos.

La vida tiene los años que la vida nos da, y probablemente en los primeros se asientan las bases el sostén sobre el que basculará el resto. Sin duda nuestro piccolo ha bebido de un buen manantial. Y, aunque, tal vez, muchos piensen lo contrario estoy convencido que, entre otras cosas, ensuciar el pitet y limpiar las manos y recoger un vaso de color verd per beure empieza a construir unos buenos soportes para lo que vendrá.

Gracias a todas, en especial a E. a Z y a MC, Por haber sido y estado en esta etapa tan linda de nuestro piccolo, por la Castanyera y los Reyes, por los cuentos, los magos y los tres cerditos. En definitiva gracias no sólo por enseñar a nuestro hijo sino también, y sobre todo, por quererlo.


miércoles, 25 de junio de 2014

UN AS EN LA MANGA


Tengo guardado bajo la manga, por si las cosas se ponen feas. Para cuando las cosas se pongan feas; Un as de picas junto a un comodín que en mi bolsillo lleva treinta años guardado y que aún no he utilizado. Una maleta siempre abierta y la letra de nuestra canción.

Un par de trucos que aún no he utilizado, casi cuarenta y dos que aún recuerdo aunque siempre diga que ya los he olvidado. 

Tengo bajo mi manga tu recuerdo y una reserva de lagrimas. Un boto de puny de plata vieja. Una retahíla de incertezas y un cerrojo cuya llave se perdió en el agua de algún río pequeño.

Tengo, escondidos bajo la manga alguna pesadilla malcarada y un par de sueños deseados. Alguna fantasía por cumplir, ojalá que a tu lado. El mapa del camino de regreso, la llave para desenredar las dudas engarzadas en tu pelo. Una carta para los reyes magos que aún no he enviado.

Bajo la manga de las camisas de este gato sin dueño, tengo escondidos, varios cuentos de hadas para contarte mientras arrullo tu sueño en las noches porvenir, un libro de poesía, y la certeza de mi mano en tu pecho.

Las ganas de verte, un viaje por hacer, un vino blanco fresco, y un mapa, de estos senderos, equivocado. Un verano pendiente, y algo de frío perenne en el alma que dejaron en mi corazón aquellos que marcharon para no volver. Un trozo de cielo.

Bajo la manga, escondidos en los rincones del boto de puny plateado, tengo una caricia suave, como un susurro, como el murmullo que recorre el vienta hacia tus rizos para decirte que esa caricia es tuya para cuando la quieras, para cuando la necesites.


miércoles, 28 de mayo de 2014

NO SIEMPRE SON COSAS ALEGRES.


Lo cierto, es que en esta ventana de realidades y poemas desprovistos de poesía, hemos hablado un poco de todo. De faldas cortas y tejanos desgastados, del querer y el odio, de damas y caballeros, de alegrías y tristezas. De la vida, al fin y al cabo.

El otro día fui conocedor, alguien compartió conmigo  una de esas noticias que no son noticias alegres. O tal vez si, tal vez si, digo, porque deja una posibilidad de lucha, una obligación de presentar batalla a las dolencias que al parecer va a sufrir el cuerpo, y como no, su inseparable alma. Un momento en el que los análisis médicos lejos de ofrecerte una sonrisa devuelven una bofetada.

Me preguntaba, fíjate, al ser conocedor de esa noticia dicha por  voz de doctor a un amigo mediante las ondas que llevan nuestras palabras por el aire, de la triste sensación que debe quedar en el corazón cuando deshojando la margarita de la vida, al arrancar una de sus hojas de su cáliz, esta hoja te dice que tal vez te quede poco por vivir y mucho por sufrir. Que tal vez, sólo tal vez, no vas a ver crecer a tus hijos, ni sus fracasos ni sus triunfos.

Esa extraña huella, invisible e indeseable, queda aprehendida en tu espalda cuando percibes que el aliento de la negra dama está cerca y apretando en las costillas y en el riñón, trayendo en sus manos dos billetes; uno para el barrio que hay detrás de las estrellas y otro para seguir caminando hacia el carnaval que es la vida. El persistente runrún que en la cabeza debe de decir una y otra vez “señor aparta de mi este Cáliz”

Cuando se enreda en tu corazón la posibilidad, cercana, o no, de dejar de ser antes de tiempo, de una larga enfermedad. Miedo y pavor al mañana. Terror a que se seque la clepsidra dejando en el tintero de tu vida renglones por escribir. Cuando el análisis de las células dicen que es momento de preparar un arsenal de defensas, de hacer fuerte el espíritu del guerrero que todos llevamos dentro. De Estar listo para la lucha, de ser fuerte en la contienda, de presentar un combate, que, sin duda  vas a ganar.

Ese instante en que un murmullo atraviesa el muro de certezas, que todos nos hemos construido, y posa en el cerebro la incertidumbre de cuánto durarán los mañanas. Ese odio a ti mismo, que renace en tu diástole, mientras nace una lagrima en los ojos, por los besos que no has dado, por el placer que te has ahorrado. Se queda uno sin palabras y se encuentra uno con muchas de las dudas que ha evitado.

En fin. No sé. La vida no fue, ni jamás será fácil. No queda más que enviar todas las fuerzas que se pueda a aquel que las necesite. No queda más que acordarse de aquello que mi padre decía muy a menudo; Día que pasa no vuelve.