Normalmente pensamos que somos inmortales, siempre jóvenes, siempre fuertes, siempre capaces, siempre con toda la vida por delante. Es cierto que no somos tontos, que sabemos que tarde o temprano tendremos que dejar, por la fuerza, este lugar en el que vivimos, comemos, lloramos, bebemos, follamos, somos felices e infelices. Pero lo vemos lejano, apartado de nuestra realidad. De esa realidad que a mi me gusta crudita y poco hecha. Es como una imagen lejana y triste de algo que sabemos que pasará pero que parece que no.
La muerte, es tan natural como la vida, pero qué pasa si te estás muriendo? Qué pasa si te viene a visitar la Parca? Qué pasa si tienes a Epona rondándote a ti o tus seres queridos? Y no me refiero a esa visita que la pálida dama hace en las canciones, los poemas o las películas; mujer vestida de negro, con una sonrisa maliciosa en labios oscuros y que te deja besarla y tocarle el culo mientras se lleva tu vida entre sus brazos. Ni esa muerte que llega placida cuando eres un viejecito/a con toda tu vida vivida y con todos tus nudos gordianos desechos. No. Me refiero a, cuando no tienes edad para morir, y sabes que dentro de ti hay un animal furioso con dientes y uñas afiladas y podridas que va royendo, arañando tu cuerpo y tu alma y tu corazón, desgranando y desagrando poco a poco tu fuerza, apagando despacito la llama que te mantiene tieso espigado y vigoroso ante los, ya duros, embates de la vida. Cuando ese animal desgraciado además no tiene ni tan solo la decencia y bondad de arañarte el cerebro y volverte loco para, al menos, no ser consciente de tu dolor y próxima desaparición.
Hoy (sábado) leo con el primer café matutino, en uno de mis bares mañaneros de siempre, una entrevista de Víctor-M. Amela a Julio Gómez, un médico de cuarenta años de aspecto bonachón, de hombre de nuestro norte bien comido, de mirada algo ojerosa y apesadumbrada, mirada de alguien acostumbrado a mirar el dolor ajeno acostumbrada a ver lo que los ojos de los mortales no debería de ver jamás. Es un medico bilbaíno especialista en cuidados paliativos. Asiste a los enfermos terminales, a los que van a morir. Es interesante, mucho, habla de dolor psíquico, dolor, físico, dolor social, dolor espiritual. Y no sólo del que sufre el que se va a morir sino también sus familiares. Permite a estos que expresen su rabia, tristeza. Nos deja lindezas como: morimos como hemos vivido: uno enfrenta de cara las cosas, otro escurre el bulto… Habla de cómo paliar ese dolor, y no sólo habla de medicinas ni de morfina habla, sobretodo, de dignidad. Del que muere y del que va a ver morir.
Debe ser espeluznante que se te derrame la vida por los costados, cuando la sístole y la diástole de tu maltrecho corazoncito están empezando a descompasarse y empiezan a bailar al son del silbido de Hela, que se empiece a marchar el alma a pedacitos a mordisquitos de infelicidad. Saber que, finalmente, has perdido la batalla que nadie gana, cuando te quedan ganas de seguir luchando, cosas por hacer, besos por dar, caricias por recibir, comidas por disfrutar, cirerers por regar.
Me ha hecho pensar, claro, es inevitable…. Pero cómo reventar ese dolor, angustia, ansiedad, tristeza, ira, miedo? cómo ser capaz de ser hombre (o mujer) y mirar hacia delante? Saber que no todo va a ir bien. Cómo no dejarse caer en los brazos de la desesperanza? cómo no maldecir al destino mil millones de veces antes del primer pis de la mañana? cómo no mancillar el nombre de todos los dioses del cielo y del infierno? cómo sonreír?….. Cómo seguir? cómo dar un paso más? cómo bajarse de ese avión de desconsuelo con cierto y desagradable rumbo? cómo sacar del zaguán de nuestra alma las pocas sonrisas que quedan? En definitiva, cómo ser fuerte?
Muchas preguntas y no tengo ni una respuesta, bilis y agallas para sufrir lo que venga y pasar lo que llegue. No creo que haya más. La última pregunta que le hacen a Julio Gómez es ¿cómo enfrentará usted su final? Su respuesta Intentaré que la muerte me encuentre bien vivo!
La muerte, es tan natural como la vida, pero qué pasa si te estás muriendo? Qué pasa si te viene a visitar la Parca? Qué pasa si tienes a Epona rondándote a ti o tus seres queridos? Y no me refiero a esa visita que la pálida dama hace en las canciones, los poemas o las películas; mujer vestida de negro, con una sonrisa maliciosa en labios oscuros y que te deja besarla y tocarle el culo mientras se lleva tu vida entre sus brazos. Ni esa muerte que llega placida cuando eres un viejecito/a con toda tu vida vivida y con todos tus nudos gordianos desechos. No. Me refiero a, cuando no tienes edad para morir, y sabes que dentro de ti hay un animal furioso con dientes y uñas afiladas y podridas que va royendo, arañando tu cuerpo y tu alma y tu corazón, desgranando y desagrando poco a poco tu fuerza, apagando despacito la llama que te mantiene tieso espigado y vigoroso ante los, ya duros, embates de la vida. Cuando ese animal desgraciado además no tiene ni tan solo la decencia y bondad de arañarte el cerebro y volverte loco para, al menos, no ser consciente de tu dolor y próxima desaparición.
Hoy (sábado) leo con el primer café matutino, en uno de mis bares mañaneros de siempre, una entrevista de Víctor-M. Amela a Julio Gómez, un médico de cuarenta años de aspecto bonachón, de hombre de nuestro norte bien comido, de mirada algo ojerosa y apesadumbrada, mirada de alguien acostumbrado a mirar el dolor ajeno acostumbrada a ver lo que los ojos de los mortales no debería de ver jamás. Es un medico bilbaíno especialista en cuidados paliativos. Asiste a los enfermos terminales, a los que van a morir. Es interesante, mucho, habla de dolor psíquico, dolor, físico, dolor social, dolor espiritual. Y no sólo del que sufre el que se va a morir sino también sus familiares. Permite a estos que expresen su rabia, tristeza. Nos deja lindezas como: morimos como hemos vivido: uno enfrenta de cara las cosas, otro escurre el bulto… Habla de cómo paliar ese dolor, y no sólo habla de medicinas ni de morfina habla, sobretodo, de dignidad. Del que muere y del que va a ver morir.
Debe ser espeluznante que se te derrame la vida por los costados, cuando la sístole y la diástole de tu maltrecho corazoncito están empezando a descompasarse y empiezan a bailar al son del silbido de Hela, que se empiece a marchar el alma a pedacitos a mordisquitos de infelicidad. Saber que, finalmente, has perdido la batalla que nadie gana, cuando te quedan ganas de seguir luchando, cosas por hacer, besos por dar, caricias por recibir, comidas por disfrutar, cirerers por regar.
Me ha hecho pensar, claro, es inevitable…. Pero cómo reventar ese dolor, angustia, ansiedad, tristeza, ira, miedo? cómo ser capaz de ser hombre (o mujer) y mirar hacia delante? Saber que no todo va a ir bien. Cómo no dejarse caer en los brazos de la desesperanza? cómo no maldecir al destino mil millones de veces antes del primer pis de la mañana? cómo no mancillar el nombre de todos los dioses del cielo y del infierno? cómo sonreír?….. Cómo seguir? cómo dar un paso más? cómo bajarse de ese avión de desconsuelo con cierto y desagradable rumbo? cómo sacar del zaguán de nuestra alma las pocas sonrisas que quedan? En definitiva, cómo ser fuerte?
Muchas preguntas y no tengo ni una respuesta, bilis y agallas para sufrir lo que venga y pasar lo que llegue. No creo que haya más. La última pregunta que le hacen a Julio Gómez es ¿cómo enfrentará usted su final? Su respuesta Intentaré que la muerte me encuentre bien vivo!
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