Hace mucho calor,
será el infierno
que vive en tus ojos
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lunes, 6 de julio de 2015
jueves, 14 de mayo de 2015
EL POEMA QUE TE DEBO.
Me gustaría escribir el poema que
te debo desde siempre, aquel que prometí una noche de verano y lagrimas de San
Lorenzo en el mar, esa poesía que mordería al olvido, y derrotaría la amnesia
que la monotonía de los años deja en la piel. Un verso que nos diga que por
muchos años que pasen siempre es ayer, siempre el primer día de bares y copas
junto a preciosos pueblos en la costa. Que nos diga que siempre es abril en
nuestra cama. Bueno!!, mi prosa quiero decir.
Pero, ya ves, me siento aquí con un
vino de tinta de toro, con tu pluma de tinta azul de búho enamorado de alondra,
un papel en blanco por emborronar, y lascia
ch’io pianga envolviendo este loco aire de primavera que anuncia lluvia y
tormentas, con el rumor de tu recuerdo en las pupilas. Con las ganas de
escribir
Fíjate, no “me se ocurre nada” –que
diría el maestro-. No sé como hablar de ese adiós que aún oliendo a mentira dolía
como sólo duelen las verdades que se quedan alojadas en el interior del cuello
y que como una corona de espinas en la
traquea te impiden respirar.
Como hablar de las añoranzas de
las mañanas y de ese desconsuelo que queda en los dedos las tardes de otoño
lluviosas y de niebla. Esa desazón desnuda que tiembla en las viejas heridas
laceradas en la piel, esas que jamás se
han curado del todo y que escuecen un poquito más cuando arrecia la lluvia y
bajan de las montañas los fantasmas sin cadena de un pasado que ya marchó.
Me gustaría escribirte un poema,
pienso, mientras doy otro trago al vino destemplado en el que no se encuentran
las rimas ni los sonetos. Una poesía que hable del tiempo en que olían tus
manos a libros a futuro a viajes a tinta en el tintero, a esas horas en las que
imaginaba aroma de romero en tu pelo. A esos momentos, en los que pensaba; que
demonios, por más tiempo que pase, si tú no estás, en algún momento siempre te
echaré de menos.
Y sigue pasando el tiempo, ya
ves, y se acaba el vino y parece que el viento de primavera por fin traerá la
lluvia de mayo. Pero que tan sólo ha traído un folio emborronado de tinta azul
y que en realidad no dice nada. Tan sólo dice que no sé escribir poemas, y que,
tal vez, te lo siga debiendo.
No queda más que rendirse a la
evidencia, hacer una pelota con el enésimo papel que no ha visto nacer las poesías
que me debo. Queda la incerteza de si los poemas se esconderán tan sólo en los
corazones doloridos y destrozados, en aquellos que, melancólicos, están cerca de la pena. La posibilidad de que un
hombre alegre y un corazón contento como el mío sea incapaz de escribir los
poemas que debo.
Pero no me olvido. Algún día
abandonaré esta prosa, me enamoraré de un verso y los escribiré para ti. Mientras, me invitas a
otro vino?
martes, 7 de abril de 2015
4 AÑOS.
Una vez más traes la primavera,
el primer sol de Perséfone, los cerezos que germinan en tus pupilas. En tus
manitas de 4 años, recién cumplidos, habita la lumbre primigenia que da calor a
los rincones fríos de mi corazón. Tus brazos me abrazan con toda la fuerza del
mundo, y al cerrarse sobre mi cuello el mundo se para, los dioses sonríen tras
el arco iris y las musas ríen en el parnaso.
Es verdad que las noches no son
como antes eran. Son mejores porque tú estás, porque tú existes. En ocasiones
me da la sensación de que yo también cumplo hoy 4 años. Razonas y hablas sin
parar y no existe en tu mente un pasado que olvidar, y en tu alma el futuro es
algo incomprensible. Vives en el eterno presente de las sonrisas que compartimos.
Ya ves, los charcos no son un
engorro, un problema o un obstáculo, son simple y llanamente una maravillosa
ocasión para saltar y jugar, para disfrutar de la vida y de todo aquello que
esta nos brinda para ser felices. (Claro que si, cariño, saltemos también en
este otro charco manchémonos los pies, los calcetines y hasta las rodillas de
este barro, para sonreír cuando nos duchemos con el agua calentita que recorre
tu espalda y tu melena). Aunque el cielo adquiera un color gris desesperanza, tus
oscuros ojos son siempre la brida que sujeta el calendario y sus relojes. Traen
siempre la luz.
Tu sonrisa nació siendo el mejor
y más bonito gesto de felicidad que tu madre y yo soñamos acoger en nuestras
manos. La que da sentido al giro de las estrellas, razón al universo, resplandor
a las Lunas de abril, fuerza para superar los lunes de febrero y motivo para
que se desperece el sol de mis mañanas.
Tienes respuesta para todo y una
explicación, que aún no siendo verdad, conviertes en razón, en realidad valida
al pasar por el tamiz de la forma que dibuja tu boca al explicar tus motivos.
Preguntas por todo, todo te interesa y todo te inquieta, tus ojos, tus manos,
tu pelo, tu mirada es curiosa y todo quieres saberlo. Me interrogas por el abuelo
que no conociste. (Me gustaría pensar que allá donde este – si es que se está
en algún lugar tras el frío abrazo de la parca, cosa que dudo-, te mira y vigila,
te protege como el viejo nonno de
Etrusca Sonrisa de José Luís Sampedro… Sin duda le gustarías, y él a ti, ya
ves, tuviste perdidas antes de empezar, así es la vida hijo…)
Allá donde tan sólo había viejos
zapatos, libros por leer, trastos y estanterías con cachivaches que para nada servían,
ahora viven tebeos de Asterix, tres dinosaurios, una Luna alrededor del globo
del mundo, en el que indicas los lugares que ya has visto y los que quieres
visitar. Una Luna que crece y decrece al compás del brillo de tus ojos.
Pelotas, coches. Un baúl de madera en el que se esconden juguetes y maderas. Libros de
cuentos sin cuento. Un Lobo y cerditos. Princesas, guerreros y ballenas. Tristán
e Isolda. Mil preguntas y diez mil sonrisas al despertarte por las mañanas. Las
manzanas de Idun. Castillos en el cielo. El sonido de nuestro mediterráneo en
una concha perdida. Luces azules de estrellas. Un cerdo volador. Cuatro años de
vida tras la ventana.
Te gustan las películas que en
los años 50 y 60 hacían soñar a los niños que nacieron 70 ó 60 años antes que
tú. Pronto sabrás que en ti habita el beso que salvará a la princesa, la
manzana sin veneno, el lugar donde descansó la ballena, el hilo de la rueca, la
verdad de Pinocchio, La bolsa de monedas de Robin Hood, El truco de Merlín, la
espada que vencerá al dragón…. El descanso de este viejo guerrero que ahora te
escribe.
martes, 24 de marzo de 2015
VUELVES.
Hacia años que
no sabía nada de ti. Pero, una vez más, como siempre hacías, volviste. Con la
mochila llena de tormentas, sucia del polvo de todos los caminos y de casi
todos los fracasos. Sin manta y con más noches frías en la espalda. Con un
corazón congelado que ardía entre tus manos.
Volvías de la enésima
huida, buscando una solución. El Shangri-la dorado de los horizontes perdidos
en los que vivir en una permanente felicidad aislada de todos los monstruos y caídas
producidas por la rutinaria vida de este continente (pequeño para albergar tus
mañanas, para acicalar el sol que te gustaría entrara por tus ventanas. Para alojar
tus deseos, para cobijar tus sueños.)
Una vez más la
felicidad y la prosperidad no se encontraban en aquella pequeña isla del
Pacifico, ni entre las piernas de la novia número ocho que te llevó hasta allí,
del mismo modo que no fuiste capaz de hallarla revolviendo en los rincones de
los contenedores de New York. Ni tras los árboles de aquel bucólico pueblo del
Pirineo. Ya ves, ni siquiera fuiste capaz de encontrarla tras aquel retorcido
recodo de ese Río de nombre impronunciable en el que viviste algunos años.
Como siempre,
que tras meses y años sin saber de ti, volvías buscando un hombro y una lumbre
caliente en la que dejar caer tus dolores. Me enseñaste heridas que yo ya conocía.
Tal vez más profundas, decías. Tal vez más
profundas, pensé. Eran las mismas. Las del primer fracaso. Las de aquella mujer
que te dejó llorando, con el rimel negro surcando tu carita de gata triste,
arruinada y dolida. Las del negocio fracasado. Las del dinero que se perdía
entre los dedos como el agua de un arroyo al beberla con las manos. Las de la
carrera sin acabar. Las del negocio que había prosperado por ti, y que nunca te
reconocieron. Las de la Herencia que robaron las
primas. La vida, amiga, la vida cariño y sus latigazos. Yo jamás supe contarte, jamás supe decirte que,
probablemente, no hallabas las soluciones porque los problemas los llevabas
escondidos, sin tu saberlo, bajo las uñas, en tu pelo, en el dobladillo de tu
falda, asidas a tus tacones, entre la cuarta y sexta capa de tu dermis o en el
tintineo de la filigrana que lucias en las pulseras de tus tobillos. En tus
labios.
Una vez más hablábamos
de otra travesía en el desierto. El vino y la lluvia de finales de marzo ayudo
a dejar de hablar de corazones fatigados, de arañazos de la vida y comenzamos a
hablar de arañazos en la espalda, del libro que no escribiste, de los jirones
de piel dejados en los rincones del camino de los años. Nuestras lenguas
curaron todas las guerras del alma. Hasta la siguiente herida, hasta la
siguiente huida, hasta el próximo fracaso.
viernes, 13 de marzo de 2015
POR ELLAS.
Hemos hablado por aquí, ya
sabéis, de lo humano y lo divino, de copas de más y de algunas de menos. De
fiestas y flores. De muerte y de vida, de amor, sexo, poesía, café, cervezas.
De los rostros que se ven en los bares las noches de insomnio y sueños. Hemos
hablado, incluso, de la falta de inspiración y de la imposibilidad de encontrar
en los diccionarios las palabras que quiero que salten de mis dedos a tus manos
de pecado.
No hemos hablado, sin embargo de
aquellas palabras que no escribimos, de todas aquellas ocurrencias que algunas
tardes de lluvia volviendo del trabajo nos traen las musas desde el parnaso de
tus ojos y que se olvidan antes de poder compartirlas. Estas letras van
dedicadas a ellas, a todas aquellas palabras, poemas, poesías que se nos han
ocurrido y hemos olvidado.
Por aquella prosa poética que un
atardecer naranja de un jueves cualquiera viene a nuestra mente, pensamos
escribir en la servilleta del bar de nuestras huidas y que justo en el
momento de coger un boli con tinta azul pasa un ángel con un tejano ajustado y
hace que tan linda inspiración abandone el cerebro, deje de existir, aún antes
de haberse plasmado en ningún papel. Marcha la inspiración tras el movimiento
de esas caderas ceñidas al pantalón.
Brindemos, pues, por todas
aquellas maravillosas palabras que han quedado en el tintero, que no supimos
escribir porque nos lo impidió un suspiro, el recuerdo de las escaladas a tus
trenzas. Por aquellas que se extraviaron en el bosque de la inspiración porque
vinieron justo en el centro de una aburrida reunión y marcharon cansadas de
números y problemas ajenos, cansadas de esperar a ser escritas en tu vientre, que
marcharon para no volver. Tal vez buscando unos dedos que, efectivamente, se
tomen la molestia de escribirlas.
Por aquellas poesías que, en
noches estrelladas de cuarto menguante, bajan de las pestañas de Caliópe para
aposentarse en nuestros ojos dormidos, y medio en sueños pensamos que
recordaríamos con el primer café, caliente y prosaico del segundo Lunes del
mes. Por aquella poesía que en sueños era clara, cristalina y que en el tercer
sorbo de café eres incapaz de recordar. Caliópe es generosa pero celosa, o
aprovechas su inspiración al momento o te la roba.
Será, ya ves, que muchas palabras
no las he escrito (tal vez me hubiera gustado escribirlas en tu espalda,
plasmarlas en papel o insertarlas en ese poemario que jamás escribiré) como
decía, palabras que no he escrito y no porque no se me hayan ocurrido, sino
porque han marchado a un ignoto cielo, como marchan las espurnas del fuego de
las hogueras de San Juan. No las he escrito porque se me han olvidado, se han
marchado como se marchan las cosas buenas, las he olvidado como olvidé el sabor
de algunos besos y el calor de algunas
manos.
Por todas esas palabras que son
danza y poesía que nos presta Terpsicore durante tan pocos instantes que
marchan de modo triste antes de compartirlas. Por aquellas que se van, fíjate, tal vez, a bailar con
las golondrinas o a esconderse bajo tu falda, agazaparse junto al color que más
te guste a la espera de que vuelva a encontrármelas.
Aquellas frases, que supongo
maravillosas, se me ocurren cuando me pierdo en tu sonrisa mientras me invitas
a un vino, cuando me enredo en tu pelo o juego en tu vientre observando el piercing que no tienes en
el ombligo. Aquellas que no escribo con henna en tus brazos, y que soy incapaz de recordar y por tanto tan sólo
han existido un instante en mi mente, poemas prosaicos que solo yo he
disfrutado y que desgraciadamente he olvidado
Hoy, mira, me gustaría brindar
por toda la inspiración que no he aprovechado y que tal vez para siempre haya
marchado. Salud
jueves, 5 de marzo de 2015
EL SABOR DEL PECADO
Yo siempre he vivido cerca del
mar, de mi mediterráneo, y tú siempre has vivido en todas partes. Volviste de
Copenhague con una sonrisa en los labios, las uñas pintadas de morado oscuro, y
bajo la piel el eterno recuerdo.
Hacía tiempo que no nos veíamos
ni compartíamos confidencias. Tomamos un vino en una de estas tardes de
principios de primavera en las que no sabes si hace frío, calor, lloverá o nos
caerá un trueno sobre la cabeza. -Qué tal tu marido? y tus hijos?- te pregunté
cortes. – Bien, sin novedades en ningún frente, fíjate, cada día más grandes-
contestaste risueña mientras me enseñabas en el móvil fotos de los pequeños. Tus
ojos se enmarañaban, probablemente, en sus sonrisas.
No sé muy bien de que modo la
conversación fue derivando en el Existencialismo de Kierkegaard, en su
filosofía, en la condición de la existencia humana. Sobre el individuo y la
subjetividad que habita en la libertad. De la responsabilidad que implica estar
vivos. Supongo que acabamos con algo tan tedioso porque venias de Copenhague.
Ves a saber. Tal vez el vino blanco, o el miedo a hablar de cosas que realmente
nos importen.
Tras la segunda copa de vino de
rueda te dije; – Sabes? En realidad, ahora mismo, más que saber si la angustia
ante la existencia puede ser algo positivo, me interesa saber a qué sabe esa
magdalena de frutos del bosque- reí y señale una magdalena del mostrador. –
jajajajaja, que prosaico y mundano eres cuando quieres- contestaste sonriendo e
iluminando el moderno bar. – Bueno, también me pregunto qué sabor tiene el
pecado- te replique sonriendo.
-Anda vamos, que empieza a
oscurecer-. Pague. (Caro como siempre) Subimos a tu coche, un opel viejo, rojo,
destartalado. De un revoltillo que habías hecho con tu chaqueta sacaste una
magdalena. – Toma la robé para ti.- dijiste riendo. –jajajajajajaja, eres la
leche- la mordí. -Está buena, pero sólo resuelve una de mis dudas, sigo sin
saber a qué sabe el pecado.-
El cielo empezó a llenarse de
nubes grises, dirigiste el coche hacia esa pequeña cala que me vio crecer y
madurar. Empezaba a llover sobre tu coche y sobre las tardes de todos aquellos
que permanecían aburridos en sus casas. Saliste fuera del coche. Te
seguí.
El mundo no dejo de girar. El sol
hacia horas, que vencido, se ocultó tras las nubes. Mordiste un trozo de la
magdalena de frutos del bosque. Sonreías y yo me perdí entre el nácar de tus
colmillos. Miré tu vestido; corto, gris marengo, media
manga en los brazos, cuello alto, ceñido, sin escote. Siempre tuviste una
belleza indómita. Me besaste discreta en la mejilla cerca de la boca. Una gota cayó
entre tus labios y mis mejillas. Te miré. Me miraste. Tu lengua y la mía se
encontraron bajo esa incipiente lluvia de la primera primavera.
Mis manos se perdieron en tu
cintura, y yo perdí la vergüenza, el norte y el pudor, lamí tu boca, me enrede
en tu pelo, susurre en tu oído, manosee tu espalda, baile con la cremallera que
apretaba el vestido a tu cuerpo. Dejé de pensar, empecé a olvidar el pasado, el presente, y a serme indiferente
el futuro, tu marido, mis obligaciones. Desapareció
el mundo. Los tejados dejaron de cubrir edificios, tan sólo importaba lo que había
bajo tu ceñido vestido gris marengo, el color de tu ropa interior y la pulsión
que refulgía en mis venas.
De pronto el pequeño chirimiri se
convirtió en lluvia que caía por tu espalda. Mis tejanos ya no podían aguantar
lo que dentro de ellos había. Tus
pezones se trasparentaban por la lluvia caída y por su dureza.
Diste media
vuelta en el mismo instante en el que la primavera decidió caer sobre los
corazones de todos los que habitamos el hemisferio norte. Apoyaste tus manos contra el coche. Levanté tu
falda y bajo ellas habían unas preciosas medias enganchadas en tus muslos. Un
tanga, pequeño color burdeos que aparté para introducir un dedo y moverlo
dentro de ti, luego otro y otro. Bajé y lamí
aquella maravilla. Gemías, llovía el cielo y el sonido de tu boca se mezclaba
con el olor a arena mojada, que como volutas de incienso y sándalo ocupaban el
lugar en el que estábamos e impregnaba el aire de ti, de mí, de sexo, de
susurros de transgresión.
Aparté mi lengua de tu sexo. Tú arqueaste
tu espalda y ofreciste esos dos lugares. Entré en uno de ellos. El pequeño hilo burdeos de tu tanga rozaba mi virilidad, que
incontrolada entraba y salía en ti. Te agarrabas del techo de tu coche. Tu culito se enseñoreaba en mis ojos mientras
llovía y tronaba en el horizonte, le di un fuerte cachete al compas de tus
movimientos. – EEEEIIII no me dejes ninguna marca-, dijiste, – Duerme esta
noche con pijama, y nadie verá nada- te dije.
No te vi, estabas de espalda. Pero sin duda sonreíste mientras yo observé en ese precioso lugar que
siempre estuvo duro, años atrás por la efervescencia de la juventud, y ahora
por las horas de gimnasio, la marca de mi mano.
Me gustaría pensar que coincidió con
un relámpago. No sé si fue así. Pero movías tus caderas espasmódicamente un
instante antes de tu primera muerte. Yo con mucho esfuerzo aguanté.
Me obligaste a salir a de ti, te
agachaste con la belleza de los movimientos de una gata que está a punto de obtener
su mejor presa, tu mano derecha apretó desde mi trasero y tu mano izquierda cogió los dos recipientes
que a punto estaban de vaciarse. Introdujiste mi virilidad en tu boca, húmeda
y caliente. Se paró el mundo y los relojes. Los ángeles empezaron a sonreír, y
los demonios no podían ocultar su satisfacción. Finalmente, yo, también tuve la
pequeña muerte de los franceses en tu boca.
Llovía en primavera. Te
levantaste de la postura en cuclillas que mantenías, las gotas del cielo
brillaban en tu pelo, en tus pestañas, en tu cara y en tu boca, incluso alguna
de esas gotas refulgían en tus uñas pintadas de oscuro. Un hilillo blanco se
adivinaba por la comisura de tus labios. Tus ojos de hembra mágica brillaban en
el cielo. Me besaste dejando caer en el cielo del paladar de mi boca parte de
la lluvia blanca que contenías sobre tu lengua. Sorprendido la saboreé. Giraba
el mundo.
– a esto, cariño, a esto sabe el pecado-
jueves, 5 de febrero de 2015
LA VIDA TODAVÍA.
La vida suele ser una fulana que no siempre te trata bien, en ocasiones si,
pero no siempre. Además inexorablemente pasan los días, las horas y los meses.
Inevitablemente la vida pasa y al final, cuando llega el final acaba. Nos aleja
de la niñez y de sus sonrisas, de la adolescencia y su efervescencia. Nos
hacemos mayores. (en el mejor de los casos. algunos quedan en las cunetas y a
mitad del camino)
En todo caso, la vida, en ocasiones es agradable y tierna. Te hace
disfrutar de las pequeñas cosas, de aquellas que aparentemente no tienen
importancia. Hace unas semanas disfruté de un corto paseo en moto, con un
agradable frío invernal entrando por el casco y los guantes de mis manos. Fui a
una terraza conocida y mientras el último sol de enero, tibio, y brillante
mostraba su brillo en mis ojos me pedí
una cervecita, abrí un libro de poesía y dejé que el tiempo se meciera entre
trago y trago de cerveza y entre maravilla y maravilla de la magia de las
palabras que habitan tan sólo en lo escrito por la tinta azul de los grandes
poetas. Los poemas de Rodolfo Serrano bailaban en mis pupilas y mi corazón se
acordaba de ti. Tal vez pinzones y petirrojos sobrevolaran entre mis canas y
las nubes. No lo sé. Pero tal vez si.
Levanté mi mirada, entró un hombre mayor (no sé porque viejo debe de ser
despectivo, ser joven no es un alago y ser viejo no es ni debe ser un insulto.
Yo, aún no lo soy, pero espero algún día ser viejo) Un hombre aún alto, con
zapatos impecablemente limpios, negros. Pantalón de pana, chaleco, americana
con pañuelo azul oscuro en el bolsillo, sombrero también azul oscuro de ala corta que daban media sombra a unos
ojos azules, acerados y tiernos. Manos duras y porte de viejo torero con mil
cornadas, que aún sabiéndose débil no se da por vencido. Buscó con la mirada
una mesa libre en aquella pequeña terraza con vistas a mi mediterráneo. Todas
ocupadas.
Una señora de más o menos su edad, tomaba un café con leche, estaba
sentada, ojos vivos color miel, pelo blanco, sin teñir, luciendo las canas y el
rastro de vida que las arrugas habían dejado sobre sus ojos y en su piel, el
pelo finamente recogido en un moño alto, jersey negro de cuello vuelto.
Pendientes de plata vieja, y simpáticas pulseras que sonaban cada vez que movía
sus manos para pasar las hojas de la vanguardia. Papiro de piel, con uñas pintadas de granate oscuro, que sin duda habrían trabajado, amado y sufrido. – siéntese aquí si quiere- le dijo – No quisiera
molestarla,- contestó, y me gustaría pensar que esos ojos de viejo ladrón de
corazones brillo. – no me molesta,- dijo ella.
Se sentó y se pidió una copita de vino tinto. Se dijeron los nombres dándose
la mano, se hablaban de usted. Coincidieron en que ambos tenían 76 años, presumieron
de hijos y de nietos.
Yo seguía leyendo poesía, disfrutando mi cerveza y escuchando una
conversación ajena, que lejos de producirme pudor me trajo un soplo de
felicidad y esperanza. No sé cuando pasó pero en un momento, tras hablar de sus
derrotas, de sus viudeces, del recuerdo amargo de algunas gotas de la clepsidra
dejaron de llamarse de usted y se tutearon. El viejo ladrón le preguntó a la
guapa señora si la acompañaría con otra copa de vino. La preciosa madre reina
sonrió y esa sonrisa tenía más jovialidad, certeza y rincones en los que
dejarse caer que ninguna otra. – sólo si lo acompañamos de algo de comer-
contestó.
Yo pedí otra cerveza. Seguía haciendo frío y el sol intentaba luchar contra
el invierno. Pero el día era agradable. Ahora, si, ahora pinzones y petirrojos
sobrevolaban el viento. Apuraba mis tragos mientras el verde de mis ojos
viajaba entre la poesía que había en mis manos. -Ya ves, volví a acordarme de
ti.- y las sonrisas de aquella vieja pareja. Decidí que era momento de marchar
y dejar de escuchar lo que no me incumbia justo cuando acabe de leer estas
bellas letras del del Maestro Rodolfo,
Que importa que los tiempos nos sean crueles
que maten y nos hieran, si en mis manos
conservo los papeles de tu boca,
la promesa firmada de que nunca
podrán los calendarios con nosotros.
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